50 años, 50 mentiras

Con esta breve y elocuente columna de Gideon Levy inauguro una serie de artículos de opinión y análisis relativos al nefasto 50º aniversario de la ocupación de los territorios palestinos apropiados por Israel como resultado de la Guerra de los Seis Días (hecho conocido con el término “Naksa” en árabe). Ocupación absolutamente ilegal según el Derecho Internacional y la Carta de la ONU, que no reconoce la legitimidad del territorio adquirido mediante la guerra. Pero por tratarse de Israel, se tolera.

Gideon Levy

50 años, 50 mentiras
Al frente, de izquierda a derecha: los generales Rehavam Zeevi y Uzi Narkiss, el Ministro de Defensa Moshe Dayan y el Comandante en Jefe Yizhak Rabin cerca del Muro occidental en Jerusalén durante la Guerra de los Seis Días. (Archivos del Ejército de Israel).

Supongamos que la ocupación está justificada. Digamos también que Israel no tiene elección. No le llamemos siquiera ocupación. Digamos que ha sido reconocida por el Derecho Internacional y que el mundo la ha aplaudido. Supongamos que los palestinos y palestinas están agradecidos por su presencia. No obstante, todavía hay un pequeño problema: toda ella está enteramente basada en mentiras.

Desde el principio hasta el cada vez más lejano final, todo es un paquete de mentiras. No hay una sola palabra de verdad asociada a ella. Si no fuera por estas mentiras, su podredumbre habría implosionado hace mucho tiempo. Si no fuera por estas mentiras, es dudoso que alguna vez hubiera llegado a existir. Estas mentiras, algunas de las cuales enorgullecen a la derecha (“por el bien de la Tierra de Israel está permitido mentir”), son suficientes para que cualquier persona decente retroceda con repulsión. No se necesita los otros horrores para convencerse.

Comenzó con la cuestión de cómo llamar a los territorios. En Radio Israel se decidió usar el término “territorios temporalmente retenidos”. Esa fue la mentira Nº 1, al implicar que la ocupación era temporal y que Israel tenía la intención de evacuar esos territorios, los cuales eran sólo una moneda de cambio en la búsqueda de la paz. Ésta es probablemente la mayor mentira, y ciertamente la más decisiva. Es la que ha permitido la celebración de su aniversario jubilar. La verdad es que Israel nunca pensó en acabar con la ocupación. Su supuesta temporalidad sólo sirvió para que el mundo se echara a dormir en el engaño.

La segunda gran mentira fue el argumento de que la ocupación sirve a los intereses de seguridad de Israel, que es una medida de autodefensa por parte de una nación indefensa rodeada de enemigos. La tercera mentira fue el “proceso de paz”, que en realidad nunca tuvo lugar, y que en todo caso sólo se proponía comprar más tiempo para la ocupación. Esa mentira tuvo muchas patas. El mundo fue su cómplice, mintiéndose continuamente a sí mismo. Hubo argumentos, presentaciones de mapas (todos ellos iguales), se llevaron a cabo conferencias de paz con numerosas cumbres y rondas de conversaciones, con enviados corriendo de aquí para allá, y básicamente charlatanería vacía. Todo esto estaba basado ​​en una mentira: la suposición de que Israel siquiera contemplaba poner fin a la ocupación.

La cuarta mentira, obviamente, es la empresa de colonización. Este proyecto nació y se crió en la mentira. Ni una sola colonia fue establecida honestamente: empezando por la estadía de una noche en el Park Hotel de Hebrón[1] y siguiendo por los “campos de trabajo”, los “campamentos de protección”, las “excavaciones arqueológicas”, las “reservas naturales”, las “áreas verdes”, las “zonas de tiro”, las “tierras de estudio”, los puestos de avanzada y las expansiones: todas ellas fabricaciones ejecutadas con un guiño y un ‘ajá’, culminando con la mayor mentira en ese contexto: la de las “tierras estatales”; una mentira que sólo comparable con la de los palestinos “ausentes presentes” en Israel[2].

Los colonos mintieron y los políticos mintieron; el ejército y la ‘Administración Civil’[3] en los territorios mintieron: todos mintieron, al mundo y a sí mismos. De la protección de la torre de una antena creció una mega-colonia, y de un fin de semana en ese hotel creció lo peor del lote. Los miembros del gabinete que ratificaron, los miembros del Parlamento que asintieron con un gesto y un guiño, los oficiales que firmaron y los periodistas que lo blanquearon: todos sabían la verdad. Los estadounidenses que “condenaron” y los europeos que se “enfurecieron”, la Asamblea General de la ONU que “convocó” y el Consejo de Seguridad que “decidió”: ninguno de ellos tuvo jamás la intención de pasar de la palabra a la acción. El mundo también se está mintiendo a sí mismo: es conveniente para todos que siga de esta manera.

También es conveniente promulgar las eternas mentiras cotidianas que encubren los crímenes cometidos por las Fuerzas de Defensa de Israel [Ejército], la Policía de Fronteras, el Shin Bet [servicio de inteligencia], el Servicio Penitenciario y la Administración Civil -todo el aparato de la ocupación. Es conveniente usar un lenguaje aséptico, el lenguaje del ocupante tan caro a los medios de comunicación, el mismo lenguaje que usa para describir sus excusas y autojustificaciones. No hay en Israel blanqueo semejante al que describe la ocupación, ni existe otra coalición tan amplia que lo expanda y apoye con tal devoción. ‘La única democracia de Medio Oriente’ que impone una tiranía militar brutal, y ‘el ejército más moral del mundo’ que mata a más de 500 niños y 250 mujeres en un verano: ¿puede alguien concebir una mentira más grande? ¿Puede alguien pensar en un mayor autoengaño que la opinión predominante en Israel, según la cual todo esto se nos impuso, no queríamos hacerlo, y los árabes tienen la culpa? Y no hemos mencionado todavía la mentira de los dos estados y la mentira del Israel que busca la paz, las mentiras sobre la Nakba de 1948 y la “pureza” de nuestras armas en esa guerra, la mentira de que el mundo entero está contra nosotros, y la mentira sobre que ambos bandos son culpables.

Desde las palabras de Golda Meir: “Nunca perdonaremos a los árabes por obligar a nuestros hijos a matarlos” hasta “Una nación no puede ser ocupante en su propia tierra“, las mentiras siguen sucediéndose. No han parado hasta el día de hoy. Cincuenta años de ocupación, cincuenta sombras de mendacidad. ¿Y ahora qué? ¿Otros cincuenta años?

NOTAS:

[1] Se refiere al comienzo de la ocupación ilegal de la ciudad palestina de Hebrón/Al-Jalil. En 1968, tras la ocupación de la ciudad por los militares israelíes, un grupo de unos 30 judíos israelíes respondió a un anuncio del rabino fundamentalista Moshe Levinger para celebrar la Pascua judía en el Park Hotel del centro de Hebrón, haciéndose pasar por turistas. Cuando el grupo proclamó su intención de establecerse en la ciudad indefinidamente, el Ministro de Defensa Moshe Dayan ordenó su evacuación, pero más tarde acordó que se trasladaran a la base militar cercana, que con el tiempo se convertiría en la colonia Kiryat Arba, una de las más grandes y violentas de Cisjordania. (N. de la T.).
[2] En la legislación israelí se llama así a las personas palestinas que en 1948 fueron expulsadas o huyeron, y sus tierras y propiedades fueron apropiadas por el naciente Estado, bajo el pretexto de que estaban “ausentes”; pero aunque pudieron regresar, el Estado no les devolvió sus propiedades, declarándoles “ausentes presentes”. (N. de la T.).
[3] El nombre (otra mentira) que reciben las autoridades israelíes que gobiernan los territorios palestinos ocupados, y que en realidad son militares. (N. de la T.).

Publicado en Haaretz el 1º de junio. Traducción: María Landi.

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