Cultura y locura

“Cuando una persona sufre un delirio, lo llaman locura; cuando muchas personas sufren un delirio, lo llaman religión”, dice Robert Pirsig, el autor del memorable Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta. Y la sentencia no es aplicable solo a la religión, sino a todos los componentes dogmáticos de nuestra cultura (que no son pocos), puesto que todo dogma es un delirio, un axioma enajenado, un axioma que cree ser otra cosa, que cree ser una cosa.

Carlo Frabetti
Carlo Frabetti

Porque un axioma no es una cosa, si por cosa entendemos algo real, sino un supuesto, una entelequia. Si digo que por un punto exterior a una recta solo podemos trazar una paralela a dicha recta y no me lo creo, estoy haciendo geometría; si me lo creo, estoy loco, pues es una afirmación arbitraria, una elección gratuita que nadie en su sano juicio puede confundir con una verdad objetiva (por no mencionar el hecho de que las rectas y los puntos existen tanto como los unicornios -menos aún- y el espacio en el que nos movemos no se corresponde con el que postuló Euclides). Si juego al ajedrez con plena conciencia de que las reglas del juego son inventadas y modificables, estoy jugando al ajedrez; si creo que el movimiento de las torres y los caballos obedece a leyes eternas e inexorables, estoy loco.

Análogamente, si tengo claro que la escala de valores y las normas por las que se rige nuestra sociedad son el resultado de un contrato (en gran medida arbitrario y poco equitativo, dicho sea de paso), puede que aún me quede algún resto de cordura; si creo que esos valores y esas normas no son axiomas indemostrables sino verdades objetivas, estoy rematadamente loco.

La conducta humana, como la de todos los animales gregarios, oscila entre la colaboración y la competencia. Los lobos colaboran para cazar y perpetuar su especie, y una vez garantizada la supervivencia colectiva compiten por el mejor bocado y las mejores opciones sexuales; su compleja organización social gira alrededor de este eje vital: el eje de rotación cuyos polos son la colaboración y la competencia. Y nuestra sociedad también, aunque con una significativa diferencia a favor de los lobos: entre ellos la colaboración siempre prevalece sobre la competencia, mientras que entre los humanos no suele ser así, porque desde hace mucho tiempo una minoría explota y sojuzga a la mayoría con dos eficaces herramientas que permiten acumular poder y riqueza: la fuerza y el dogma.

Y puesto que los motores básicos de nuestra especie -como de todas las demás- son el hambre, el sexo y el miedo, los dogmas fundamentales, así como los mitos que les dan forma narrativa, son de tipo gastronómico, amoroso o defensivo.

El mito gastronómico por excelencia es la arraigada falacia de que es “natural” comerse a otros animales. Hemos dado un primer paso desde el generalizado canibalismo ancestral (tan “natural”, en última instancia, como el carnivorismo), pero estamos tardando mucho en dar el segundo. Que es un paso fundamentalmente ético, aunque la dietética lo respalde plenamente (puesto que los nutricionistas insisten en que deberíamos comer mucha fruta y verdura, una cantidad moderada de cereales y legumbres, y muy poco de todo lo demás). Y dado que el abandono del carnivorismo es una elección básicamente ética, su necesariedad es indemostrable. Tan indemostrable como la necesariedad de abandonar el canibalismo.

Algunos creen que los humanos tenemos derechos por el mero hecho de ser humanos, mientras que a los demás animales se los concedemos -cuando se los concedemos- graciosamente. Pero los humanos tampoco tenemos derechos como algo intrínseco: cada sociedad los define y los concede según criterios coyunturales y variables. Puede parecer muy radical la afirmación de Wittgenstein de que la ética y la estética son una misma cosa, pero no es fácil rebatirla. Si a alguien no le gusta el Taj Mahal, el David de Miguel Ángel o el Orfeo de Monteverdi, no podemos demostrarle que son bellos, y, análogamente, no se puede demostrar, en términos absolutos, que es malo matar, violar o torturar.

Pero sí se puede demostrar que algo es malo -o no- con respecto a una determinada escala de valores. Si aceptamos el antes mencionado 5º postulado de Euclides (por un punto exterior a una recta solo se puede trazar una paralela), entonces los ángulos de un triángulo suman 180º, y quien diga lo contrario miente o se ha pasado a una geometría no euclídea. Si todos los seres humanos somos iguales ante Dios y hay que amar al prójimo como a sí mismo, como dice el Evangelio, la esclavitud no es admisible, y el hecho de que durante siglos millones de supuestos cristianos hayan tenido esclavos y en la actualidad sigan explotando a sus semejantes, bastaría para demostrar que la mayoría de los que se dicen cristianos están locos (o son hipócritas redomados).

Análogamente, si abandonar a un perro o a un gato es inmoral, también lo es encarcelar (los especistas lo llaman estabular) a una vaca o a un cerdo. Si la ley castiga a quien apalea a un burro, también debería castigar a quienes torturan a un toro. Si matar a un humano para comérselo es una atrocidad, también lo es matar y comerse a sus parientes próximos filogenéticos, semejantes en consciencia y capacidad de sufrimiento. Sin embargo, personas que se horrorizarían si alguien se comiera a su perrito (tan gracioso y tan listo: solo le falta hablar), se convierten al sentarse a la mesa en buitres carroñeros dispuestos a devorar cualquier cosa que otros hayan matado y despedazado. ¿Son monstruos de maldad? No necesariamente: la mayoría de los carnívoros sufren un delirio ético-gastronómico, del mismo modo que la mayoría de los cristianos sufren un delirio ético-gnoseológico. Su full immersion en una cultura aberrante los ha desquiciado; una despiadada cultura de la depredación llamada capitalismo.

(Continuará)

 

Carlo Frabetti / Insurgente

Un comentario sobre “Cultura y locura

  • el enero 24, 2017 a las 7:31 am
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    Si esto ya se escribio hace muuuchos años. Poder ideologico y poder militar

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