El HSBC, Iron Mountain y la privatización del espionaje

El HSBC, Iron Mountain y la privatización del espionaje

Booz Allen Hamilton es una consultora privada creada en 1914, cuando empezaba la Gran Guerra, y se dedica a la gestión privada de la defensa y la seguridad. Su cuartel general está en Virginia, Estados Unidos, a pocos minutos de la sede central de la CIA, fundada tras el fin de la Segunda Guerra Mundial por el impulso de Skull and Bones (Esqueletos y Huesos), una antigua sociedad secreta de la exclusiva Universidad de Yale. La CIA no es un invento de un grupo de burócratas, sino que es una herramienta de espionaje y de operaciones especiales pensada por un grupo exclusivo de personas que tomaban –y toman– decisiones para mantener el dominio de Estados Unidos y para conjurar cualquier amenaza contra esa preeminencia.

Lo privado y lo público, para la concepción de los WASP (blancos, anglosajones y protestantes) se complementan y se potencian también en la actividad de inteligencia.

La mención a Booz Allen Hamilton al principio de este artículo viene a cuento de que fue el último destino de Edward Snowden, el espía que, según la versión oficial, dejó la CIA en 2009 para sumarse a esa consultora y terminó en junio de 2013 con una denuncia que todavía sacude a Washington: Snowden, a través del diario británico The Guardian, hizo públicos los programas de espionaje masivo de la NSA (Agencia Nacional de Seguridad) de Estados Unidos. Algo todavía incomprensible dentro del rarísimo mundo de los espías, empujó a ese joven que se movía como pez en el agua entre los selectos especialistas en espionaje informático, a romper su pertenencia a la elite del poder mundial y vivir en Moscú, la capital del país gobernado por el también espía Vladimir Putin, alguien que se formó en la KGB, la agencia competidora de la CIA durante los años de la Guerra Fría.

Todas las historias que giran en torno de las agencias de espionaje necesitan cobertura de actividades públicas a través de empresas de comercio exterior, bancos, medios de comunicación o cualquier ámbito privado que permita disimular la tarea oculta del espía. Pero hay un error en creer que esas empresas son sólo de enmascaramiento: el caso de Iron Mountain puede ser tomado como una de las tantas empresas donde la gestión de la seguridad privada está asociada a las necesidades estratégicas de las grandes agencias de inteligencia. Esta empresa custodia archivos sensibles y secretos en todo el mundo, tanto de empresas privadas como de instituciones públicas. Quien decide utilizar los servicios de Iron Mountain sabe perfectamente quién le da el respaldo. Del mismo modo que cualquiera que contrate a una de las tantísimas agencias de seguridad gestionadas por ex marines o ex oficiales del Ejército israelí o argentino sabe que ingresa en un entramado en el cual, además de cuidarlo, lo vigilan.

Hubo en la Argentina algunos casos emblemáticos de personas audaces que intentaron meterse en territorios celosamente vigilados por la CIA. Ahora es tiempo de informática, por eso Snowden es un gran dolor de cabeza. Sin embargo, hace apenas dos décadas, los transportes de caudales y las empresas de encomiendas y correo eran mucho más importante que en la actualidad del mundo virtual. Alfredo Yabrán había logrado meter sus uñas en ese mundo con algún grado de protección de funcionarios del gobierno de Carlos Menem. Deberá recordarse que Yabrán tenía OCA y pretendía quedarse con el Correo Argentino. Fue Domingo Cavallo quien lo acusó de ser el jefe de una mafia enquistada en el Estado. Cavallo, a su vez, tenía el respaldo de Federal Express, una empresa cuyos vínculos con la CIA nunca fueron un secreto.

Otro round entre Yabrán y Cavallo se vivió por esos tiempos con Ciccone Calcográfica. Yabrán había cubierto una deuda impaga de los Ciccone y el entonces ministro de Economía denunciaba los contratos millonarios de la imprenta en el mundo. Es que Ciccone se había metido en la impresión de billetes, otro negocio celosamente vigilado por la CIA. La imprenta, para poder salir adelante, tuvo que cambiar de padrinos y contrató como lobbista nada menos que al ex embajador de Estados Unidos en Argentina, James Check.

Por esos años de privatizaciones en la Argentina, muchos de los oferentes privados tenían una pata con las agencias de inteligencia norteamericanas o de otras grandes potencias. En estos años, muchas actividades privadas y causas judiciales son parte de los juegos de poder internacional. La fuga de capitales, por ejemplo, fue un asunto desdeñado por los políticos, tanto oficialistas y opositores. Los cálculos oficiales hablan de no menos de 250 mil millones de dólares salidos al exterior o guardado en cajas de seguridad durante los últimos diez años. Se calcula que no menos de siete de cada diez de esos dólares lo hacen por circuitos ilegales mientras que el resto es giro de utilidades o transacciones financieras legales. Es decir, una inmensa estafa al fisco y al país, realizada por gente de muchísimo poder económico pero sin duda con capacidad al menos para anestesiar al poder político.

La respuesta judicial de las autoridades del HSBC de Argentina –que podría ayudar a confirmar la denuncia del francés Hervé Falciani– fue tan simple como canalla: los archivos estaban en manos de Iron Mountain.

Lamentablemente, se quemaron. Lo del HSBC de Argentina no salió de las oficinas de la AFIP ni de la Procuraduría Antilavado ni del Banco Central ni de la Unidad de Investigaciones Financieras. Fue el fruto del trabajo de periodistas del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ por sus siglas en inglés) que coordinó la tarea de cronistas e investigadores de 45 países que tomó la denuncia de Falciani y pudo poner al descubierto una red donde algunos miles de multimillonarios sacan del circuito legal miles de millones de dólares. Además de deplorar la respuesta de los abogados del HSBC Argentina sería momento de que tantos sabuesos locales destinados a descubrir operaciones de lavado de activos se pongan las pilas. No sólo para recaudar más para el fisco, lo cual sería muy importante, sino para cortar con los privilegios de las empresas multinacionales, los resquicios para el narcotráfico, las vías de escape del dinero de la corrupción y muchas otras lacras que giran alrededor del dinero sucio. El dinero limpio es otro artículo, más difícil aún de escribir.

Eduardo Anguita / Miradas al sur

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