El infierno de los vivos

 Chema Castiello

El infierno de los vivos
(Página Abierta, 234, septiembre-octubre de 2014).

Presentación del libro El infierno de los vivos. La inmigración en la fotografía documental norteamericana, de Chema Castiello (Tercera Prensa, Asturias, 2013, 130 páginas).

Italo Calvino cierra Las ciudades invisibles (1983) con un último diálogo entre el Gran Kan y Marco Polo, en el que el emperador de los tártaros muestra su preocupación por la posibilidad de que los vientos que empujan hacia las tierras visitadas con el pensamiento pero todavía no descubiertas acaben arrastrando como último fondeadero a la ciudad infernal. La respuesta del viajero veneciano está cargada de sabiduría:

«El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos; buscar, y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio».

Yazoo City-Misisipi, de Margaret Bourke-White (1904-1971).

El propósito de este trabajo sobre la fotografía documental es sumergirse en el infierno para descubrir en su interior aquello que no sea infierno. Bien puede decirse, recurriendo de nuevo a la literatura, que se mueve en las antípodas de Prohaska, el personaje que Ricardo Menéndez Salmón recrea en Medusa (2012), un fotógrafo, cineasta y pintor que deja en suspenso todo juicio moral y se aloja en la indiferencia para dar cuenta del mundo y el dolor de los demás. Notario de su época, sangrienta como pocas, se trata de un «hombre que lo vio todo pero que nada logra ver», atento, como mero contemplador a «mostrar la superficie del mundo sin quitar ni poner», alimentando así el imaginario del monstruo que se solaza en las tinieblas.
Si es cierto que el aullido del hombre se acompaña siempre del silencio de los dioses, sólo la capacidad indagadora de aquel nos permitirá descubrir, en ausencia de rutas y de cartas ya trazadas, qué pueda haber en nuestro presente o en nuestro pasado que encierre momentos luminosos, instantes que, aun dando cuenta de nuestra desnudez e indefensión, ofrezcan resistencia al fuego que amenaza con devorarlo todo.

Uno de los hechos fundamentales del presente es la falta de conciencia del pasado, pues la idea de tiempo se proyecta hacia el futuro y se concibe la actualidad solo como antecedente de lo que está por venir. Se ignora que, querámoslo o no, el pasado nos constituye. Si lo pretérito se acumula en nuestras vidas y nos conforma, igual acontece en el discurrir social.

Herederos de una fe ciega en el porvenir, el desguace del Estado del bienestar al que asistimos nos sume en la
perplejidad: nos sabemos víctimas de un espejismo que se desvanece y del porvenir tememos lo peor.

Familia de aparceros, de Walker Evans (1936).
Sin embargo, la capacidad de transformar la realidad está íntimamente ligada al conocimiento y apropiación del pasado, pues en la lucha por la justicia resuenan los ecos de quienes albergaron deseos de felicidad y en el trayecto encontraron el dolor, la muerte y el fracaso. Como bien dice Reyes Mate (2006: 259), la esperanza para un presente desesperado está en el fracaso pasado, ya que es allí donde yacen dormidos e inconscientes los sueños de felicidad no realizados. De aquí que cobre actualidad rememorar los instantes en que se vislumbró que otro mundo era necesario.

El  semblante del tiempo

Alguien definió la fotografía como un espejo con memoria, capaz de atesorar la imagen imperecedera de quien se asomase a él, inmovilizándolo para siempre. Esa capacidad para detener el instante dota a la fotografía de un poder documental excepcional y la convierte en un recurso imprescindible para quien indague sobre lo acontecido.

La huella fotográfica de las migraciones es el centro de atención de este trabajo. Entre mediados del siglo XIX e inicios del XX, una ingente masa de manos muertas es atraída por el sueño americano; años después, la segunda generación, golpeada por la crisis de los años treinta, deambula aún, buscando tarea y cobijo, por un territorio
hostil. La epopeya de estas gentes es testimoniada minuciosamente gracias a un invento reciente, la fotografía, y a un personaje, el fotógrafo, que registra por primera vez en la historia los conflictos sociales, presentándose ante sus contemporáneos como el abanderado de una nueva cultura visual cuyo trabajo era capaz de representar lo real y
guardar para el futuro el testimonio preciso para la perpetuación del presente (López Mondéjar, 2011). A través de su legado, cabe esperar que los desgarros vividos iluminen las insatisfacciones del presente.

El trabajo está dividido en tres partes. En la primera, se muestran y analizan las imágenes con que Jacob Riis registra la vida del inmigrante europeo y asiático en el Lower East Side neoyorkino, cuando el siglo XIX se acercaba a su fin. Asimismo presta atención a la obra de Lewis Hine, notario en Ellis Island de la llegada a la tierra prometida de los desheredados de Europa. Sus imágenes son un alegato contra quienes recibían con miedo su desembarco en el Nueva York de los inicios del siglo XX. Ambos forman parte de un selecto grupo de fotógrafos a los que con razón se considera pioneros de la fotografía documental.

La segunda parte del trabajo está centrada en la obra de quienes siguiendo su ejemplo llevaron la fotografía documental a uno de sus momentos cumbre. Fotógrafos como Margaret Bourke-White, Walker Evans o Dorothea Lange, dotados de una enorme capacidad de observación, espíritu crítico y saber técnico, pusieron rostro y alma a las víctimas de la Gran Depresión, elaborando una obra imprescindible para conocer cómo era ese mundo por el que los desheredados daban tumbos azotados por una crisis económica que encerraba más de un paralelismo con la actual. Contaron para ello con la colaboración de escritores tan capaces y reconocidos como Erskine Caldwell, James Agee o Paul S. Taylor, para quienes no pasó desapercibida la capacidad de evocación de la imagen, su enorme fuerza expresiva y su impacto emocional. Juntos dan nacimiento al ensayo fotográfico, convencidos de que la combinación del relato literario y el testimonio gráfico multiplicará su impacto en el público.

La tercera parte está dedicada a lo que se conoce como Great Migration, el desplazamiento de la población negra del Sur, donde tradicionalmente  se asentó desde la época del esclavismo, hacia el Norte industrial y  las grandes ciudades. Tal migración trasciende la simple movilización de la mano de obra agraria hacia la industria, y el conflicto racial que
la acompaña presidirá la realidad norteamericana de los años 60 y 70. De nuevo el ensayo fotográfico alcanzará un protagonismo destacado de la mano del novelista Richard Wright y del fotógrafo y editor Edwin Rosskan, quien pondrá a disposición de aquel una selección de imágenes procedentes de los archivos de la Farm Security Administración pertenecientes a autores relevantes como Rusell Lee, Jack Delano, Arthur
Rothstein o Marion Post.

Si bien la obra gráfica de los autores estudiados ha conocido una divulgación notable y es conocida a grandes rasgos por el público español, no ocurre lo mismo con los ensayos fotográficos a que dio lugar, pues la mayoría no cuentan con traducción al castellano y ha sido preciso acudir a las ediciones originales para acceder a su contenido.
Se salda así una cuenta pendiente con la fotografía social.

Atlas de instrucción

Si la fotografía es un arte, el arte de mirar y el resultado de esa mirada, su cabal comprensión requiere un esfuerzo de adaptación de nuestro punto de vista al del fotógrafo y al contexto en que opera. Por ello, más allá de un recorrido simple por la fotografía documental y por el relato literario que en ocasiones la acompaña, hay que adentrarse a modo de un atlas de instrucción en la sociedad en que tal obra se produce, pues importa la genialidad del fotógrafo –o del escritor– pero importan también los problemas a que se enfrenta, las corrientes de opinión existentes y las ideas en pugna, las mentalidades, el sentido que a la vida otorga la época por la que se transita. Este atlas de instrucción encuentra justificación en una reflexión de Barthes: «La fotografía no sabe decir lo que da a ver». Sin conexión con la tierra, la sangre, el sufrimiento y la emoción, la imagen es una crónica vacía cuyo contenido es imposible dilucidar.

Lewis Hine, 1905.
Así que, junto a una selección de imágenes que proporcionan las evidencias de una realidad, registros de un tiempo ido, parece útil
familiarizarse con el universo en que han sido tomadas y en el que cobran todo su sentido. Así, el relato se detiene en a aspectos biográficos, demográficos, económicos o culturales. Las biografías dan cuenta de un trayecto vital, muestran conductas y compromisos, expresan ideologías y tienen trascendencia para comprender lo que se pretendía y de sus motivos. Las notas sobre los movimientos migratorios, las causas y
efectos de la Gran Depresión o la movilización y desplazamiento de la población negra permiten a un lector no familiarizado con tales hechos acercarse a un mundo presidido por una conmoción que trajo para las clases populares escenarios de sufrimiento y esperanza. Las referencias al mundo de la literatura permiten dilucidar las sensibilidades ancladas en un tiempo, los problemas y expectativas de una sociedad en conflicto. En ese período se producen novedades que tienen un notable interés, como es el caso de las revistas gráficas, el ensayo fotográfico o el desarrollo de iniciativas públicas y privadas que contribuyen de manera sobresaliente a configurar una nueva etapa en el desarrollo de la fotografía y su ejercicio profesional.

Junto con lo que las cosas son, importa lo que simbolizan. Al contemplar a las mujeres, hombres y niños cuyo instante ha sido retenido para la posteridad, más allá de una historia personal, se asiste al discurrir de una humanidad abatida; más allá del personaje o personajes, se encuentra el drama; los vencidos representan la derrota y la esperanza: son la humanidad doliente en espera de redención.

La fotografía se ha revelado como una poderosa fuerza impulsora del cambio al trasladar a un extenso público la necesidad de políticas que pongan fin al sufrimiento de la gente. Tiene todo el sentido del mundo una poética de simpatía por el débil que ayude a las nuevas generaciones a establecer una conexión entre la fluctuación imparable de imágenes del presente y aquellas que dotan de sentido al pasado que nos ha constituido como sociedad. El asunto tiene trascendencia si se tiene en cuenta que el cine, los videojuegos, el cómic y, en general, el fluir de imágenes que acompañan y delimitan nuestras vidas difunden con frecuencia los valores de un individualismo agresivo que premia a los triunfadores. Parece oportuno traer a la actualidad los rostros de quienes sufrieron la derrota.

Las fotografías sobre las migraciones, independientemente de su valor como obra artística o como mero documento de época, expresión de  genialidad o recipiente donde se acumula el tiempo, desbordan con creces la simple acumulación de datos sobre el mundo que nos precedió. La evocación del pasado abre la puerta a reconocernos en los padecimientos del otro. De aquí que la capacidad indagadora y crítica de quienes detuvieron la realidad en un instante bien puede entenderse como una invitación a no permanecer impávidos ante el dolor de los demás.

Las fotografías, al modo del mensaje de un náufrago que tras deambular por el tiempo arribara a nuestras costas, encierran una lectura actual e iluminan los dilemas del presente respecto al devenir de nuestras sociedades. La nueva derecha, con sus políticas neoliberales y su fanática defensa del mercado, debería verse interpelada por los rostros aquí mostrados pues son los que nos aguardan a la vuelta de la esquina si sus políticas tienen éxito y el Estado del bienestar fenece víctima de una voracidad sin límite.

Como el trapero de Walter Benjamin, ocupado en los harapos que la ciudad desecha, animado por una compulsiva capacidad para recomponer lo roto, catalogándolo y coleccionándolo, para finalmente devolverle utilidad, se ha acudido a la fotografía para rescatar del olvido los rostros de las víctimas, con la esperanza de que su recuerdo contribuya a organizar nuestra resistencia. Entre los desechos que despiertan a una vida nueva, hay prendas tan valiosas como la piedad, la identificación con el dolor ajeno, la solidaridad o la rebeldía. Las imágenes fotográficas, registros fidedignos de un instante irrepetible, nos desvelan el mundo; la trascendencia de esa revelación de nosotros
depende.

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