El programa transformador

Cómo superar
el capitalismo.

Remitido /  septiembre de 2015
José López

El programa transformador
Cuanto más se informa y se
conciencia uno más claro tiene que es
imprescindible superar el sistema capitalista
. La progresiva pauperización
de amplias capas sociales, las desigualdades crecientes, las guerras, el
desastre ecológico,…, son consecuencia directa del actual sistema que rige la
sociedad humana. Un sistema basado en la feroz competencia, en el sálvese quien
pueda, en la guerra permanente de unos contra otros, en la explotación de la
mayoría por unas minorías, en el egoísmo, no puede tener mucho futuro. Un
sistema altamente contradictorio donde el desarrollo tecnológico contrasta con
el subdesarrollo social, donde una economía cada vez más social entra en
conflicto con la propiedad privada de los medios de producción,…, es
inherentemente inestable. Superar el capitalismo implicará, entre otras muchas
cosas, tarde o pronto, la expropiación de los expropiadores. La democracia es el enemigo público número uno
del capitalismo
, la dictadura económica ejercida por los grandes
propietarios de la economía parapetada tras una falsa democracia política. La
democracia será siempre incompleta, estará viciada, más o menos vacía de
contenido, mientras no llegue al núcleo de la sociedad: la economía. Mientras las
“máquinas” generadoras de riqueza pertenezcan a unos pocos, y por tanto, sean
gestionadas en sus líneas maestras por unos pocos, no puede esperarse un
reparto suficientemente equitativo de la riqueza social, un mundo justo y
seguro. No puede haber libertad en la vida en sociedad sin la igualdad de
oportunidades, mientras unos pocos dominen al resto. El destino de la humanidad
debe estar en manos de toda ella. Y esto sólo es posible con la
democracia real.
Una vez aclarado todo esto, de
una manera muy sucinta, remito a mis diversos escritos donde
desarrollo todas estas ideas más en profundidad, una de las cuestiones
principales que se nos plantea es cómo superar este sistema teniendo en
cuenta la realidad actual, tal como es, no tal como nos gustaría que fuese. Es
evidente que superar el actual estado de cosas llevará bastante tiempo, que los
enemigos del pueblo, la oligarquía y sus lacayos, nunca se quedan de brazos
cruzados. Trabajan día a día para que en verdad nada cambie, incluso para
afianzar su dictadura cada vez menos disimulada. Quienes luchamos contra este
sistema nunca debemos perder de vista que nos enfrentamos a enemigos muy
poderosos que controlan en cierta medida, todo lo posible, incluso la manera de
pensar de la gente. Tienen todos los medios a su disposición: el poder
político, el poder judicial, el Estado (diseñado especialmente para favorecer a
los capitalistas), el ejército, la policía, el sistema educativo, los grandes
medios de comunicación,.., y sobre todo el poder económico. Pero tienen en
contra una poderosa idea: no tienen razón y lo saben. El mayor enemigo, por
ahora, del capitalismo es el propio capitalismo, cuyas profundas e irresolubles
contradicciones hacen acto de presencia recurrentemente.
El pensamiento único es el gran enemigo a combatir en las mentes de las
personas.
Han conseguido hacerle creer a mucha gente que lo
que es sólo puede ser así. Toda persona que combata al sistema establecido,
ineludiblemente, debe combatir dicho pensamiento. Con palabras y sobre todo con
hechos. Un gobierno transformador deberá
establecer como prioridad número uno combatir la idea de que no hay
alternativas.
Ese pensamiento único deberá ser extinguido para siempre y esto
llevará mucho tiempo, pero para ello desde el principio toda revolución debe
combatirlo y poner toda la carne en el asador para seguir combatiéndolo hasta
que la gente sea plenamente consciente de que casi siempre hay alternativas. Y
la única manera de hacerlo es posibilitando que la ciudadanía conozca en
igualdad de condiciones otras ideas y sobre todo poniendo en práctica políticas
que demuestren con hechos que otro mundo es posible.
Pero para ello es
imprescindible que alcance el poder político algún partido o frente dispuesto a
empezar el largo camino del cambio social profundo. No es posible cambiar la
sociedad sin alcanzar el poder político, pero tampoco sin la colaboración
activa de la mayoría social. Como la historia nos ha demostrado, de nada sirve
(a la larga) una dictadura ejercida por una vanguardia, por muy
bienintencionada que fuese ésta. La
única manera de alcanzar una sociedad estable, libre y justa es mediante el
máximo desarrollo posible de la democracia.
Entendida ésta en su acepción
original: el poder del pueblo, el gobierno del pueblo. La democracia auténtica
no puede prescindir del pluripartidismo, de la libertad de asociación, de la
libertad de reunión, de la libertad de expresión,… Ahora bien, la democracia
formal es condición necesaria pero no suficiente, las libertades formales deben
ser reales, deben llevarse a la práctica. La democracia es mucho más que poder
votar, es, entre otras cosas, poder hacerlo bien informado (para lo cual es
imperativo conocer todas las opciones en igualdad de condiciones), es poder
revocar a quienes traicionan el mandato popular, es obligar a los
representantes políticos a rendir cuentas y cumplir sus programas electorales
(los cuales deben ser “contratos” sagrados), etc., etc., etc. El desarrollo de
la democracia es primordial y será también un largo camino. A medida que se
desarrolle la democracia se irá poco a poco extinguiendo el capitalismo.
Podemos decir que el desarrollo de la democracia es sinónimo del proceso de
extinción del capitalismo. Porque en dicho desarrollo será ineludible que la
democracia llegue tarde o pronto a todos los rincones de la sociedad, y muy
especialmente a su centro de gravedad: la economía. La democracia económica es la antítesis del capitalismo.

Para alcanzar el poder
político mediante las urnas no queda más remedio, por ahora, que prescindir de
ciertas ideas que espantan a las masas intoxicadas de pensamiento burgués. Si
no se quiere predicar en el desierto y permanecer en la marginalidad hay que
acudir a donde están las masas en vez de esperar a que éstas acudan a nosotros.
Hay que tener en cuenta sus prejuicios. Pero las élites no pueden controlar por
completo el pensamiento humano. El sistema no funciona, tiene tales
contradicciones, que recurrentemente la necesaria revolución entra en la agenda
política de la sociedad humana. A nuestro favor tenemos las contradicciones
capitalistas, que sabemos que la razón y la más elemental ética están de
nuestro lado. Una de las grandes
contradicciones del capitalismo es que necesita evitar la auténtica democracia
pero, al mismo tiempo, aparentarla.
Si usamos la coherencia podemos
vencerles. Y ellos lo saben. Debemos explotar al máximo esa contradicción en la
guerra ideológica.
Y todo esto quiere decir que
debemos alcanzar el poder político con las urnas, aun sabiendo que jugamos con
mucha desventaja, que los grandes medios de comunicación están de su lado, que
juegan con trampas, con leyes electorales especialmente hechas para
perjudicarnos, que sólo tenemos alguna opción en cada gran crisis del sistema,…
¡Pero debemos explotar al máximo los pocos resquicios que no tienen más remedio
que dejar para mantener el disfraz de democracia! La estrategia revolucionaria
en este siglo XXI debe ser mucho más elaborada. No podemos repetir los mismos errores
que llevaron al fracaso de la URSS. Debemos tener muy claro que es
imprescindible tarde o pronto expropiar a los expropiadores, poner la economía
al servicio de la sociedad entera, sin olvidar que la mera posesión formal de
los medios de producción por parte del Estado no es sinónima de gestión social,
como ya advertía Engels. Entre otras cosas, el Estado debe ser a su mismo
democratizado al máximo, “expropiado” por la ciudadanía. Pero también debemos
tener claro que esto sólo podremos hacerlo (con ciertas garantías de que a
largo plazo no se revierta la situación, véase lo ocurrido en el llamado
“socialismo real” del siglo XX) cuando sea el propio pueblo el que esté
mayoritariamente convencido de ello. Y esto sólo ocurrirá cuando la mayor parte
de la gente se desprenda del pensamiento único, cuando la idea de que hay
alternativas se abra paso y se lleve hasta las últimas consecuencias. Cuando la
gente vea que es posible superar el neoliberalismo, con una labor constante por
parte del gobierno transformador (el cual deberá a su vez estar presionado
desde abajo, necesitará una ciudadanía muy activa y combativa), se abrirá paso
la idea de que también es posible superar al propio capitalismo. Si la dinámica
del cambio se realimenta a sí misma, por un gobierno que se vaya radicalizando
con el paso del tiempo a medida que se radicalice también el pueblo y
viceversa, entonces la guerra ideológica podrá ganarse y realmente las puertas
de un sistema nuevo se empezarán a abrir.
Por consiguiente, se necesita un sujeto político que cumpla una
serie de condiciones
para acceder al poder y usarlo para empezar a
transformar el sistema. En primer lugar, debe
organizarse de la manera más democrática posible
, dando el máximo
protagonismo a las bases, a los ciudadanos, los cuales deben tener todo el
poder posible. Debe tender hacia liderazgos mínimos, cada vez más rotatorios,
colectivos. No podrá, tal vez al principio, prescindir de liderazgos demasiado
personales pero debe proveerse de mecanismos concretos que impidan que sus
líderes traicionen los principios básicos por los cuales nació. Hay que sentar
las bases, desde el principio, para disminuir los liderazgos personales
progresivamente. Los líderes deben ser siempre, desde el principio, meros portavoces,
coordinadores, ejecutores de las grandes decisiones tomadas colectivamente.
Debe proveerse de un programa político de transformación con etapas
claramente diferenciadas.
Debe partir de un programa mínimo alrededor del
cual se consiga la unidad popular y a partir del cual se pueda dar un salto (no
demasiado grande para poder empezar, pero tampoco demasiado pequeño para que
dicho salto sea suficiente) que permita iniciar una dinámica de cambio, la cual deberá ser realimentada en el
tiempo. En dicho programa mínimo no quedará más remedio, por ahora, que
prescindir de ciertos objetivos más ambiciosos, los cuales se retomarán a
medida que la correlación de fuerzas sea más favorable y sobre todo a medida
que se ejerza el poder y la sociedad empiece a convencerse de que hay alternativas,
de que incluso otro sistema es posible. Una
vez conseguidos ciertos objetivos menos ambiciosos a corto plazo habrá que
plantearse nuevos objetivos más ambiciosos en las siguientes etapas del proceso
.
Dicho programa deberá ser riguroso y no prometerse nada que no pueda cumplirse,
o por lo menos deberá advertirse de las enormes dificultades que habrá para
llevarlo a la práctica y plantear diversas alternativas frente a los posibles
movimientos de los enemigos. Sin nunca olvidar que tan erróneo es no partir de
un programa mínimo (pues si no se pospondría eternamente la revolución)
como conformarse definitivamente con él, convertirlo en máximo (pues si
no se incumpliría el principal objetivo, superar el actual sistema).
Dicho programa mínimo debe pivotar alrededor de dos grandes ejes:
rescate ciudadano y desarrollo de la democracia.
Superar el
neoliberalismo implica tomar medidas concretas para llevar a la práctica los
derechos humanos y redistribuir la riqueza como, por ejemplo, impuestos más
progresivos, luchar contra el gran fraude fiscal, renacionalizar empresas de
sectores estratégicos, recuperar lo público, es decir, el Estado de bienestar, derogar
reformas regresivas implementadas por gobiernos anteriores, prohibir desahucios
de familias que por causas ajenas a su voluntad no puedan pagar sus hipotecas,
prohibir las horas extras, prohibir despidos colectivos en empresas con
beneficios, reducir la jornada laboral, hacer una auditoría de la deuda y
plantear el impago de la ilegítima, implantar una renta básica universal
progresivamente, o por lo menos a corto plazo para personas con graves
problemas de subsistencia, crear una banca pública,… Evidentemente, no podrá
hacerse todo a la vez, por lo que habrá que diseñar una hoja de ruta y dejársela bien clara al pueblo para que no se creen falsas
expectativas y por consiguiente desilusiones que trunquen prematuramente el
proceso. Estas medidas, por urgentes e imprescindibles que sean, no serán
suficientes para transformar la sociedad. Además, la historia nos ha demostrado
que las victorias parciales no valen. En cuanto puede, el enemigo, la
oligarquía capitalista, contraataca para anular todas esas conquistas sociales.
Hay que vencer definitivamente al sistema capitalista. Las conquistas parciales
deben ser vistas como meras etapas, como pasos intermedios en la larga lucha
contra el capitalismo.
Desarrollar la democracia
implica abrir un proceso constituyente
para que el pueblo elija su régimen político y redacte una nueva Constitución
que suponga un gran salto en la cantidad y en la calidad de la democracia. Si
la gente empieza a ver resultados prácticos en cuanto a sus condiciones de vida
básicas, con el mencionado rescate ciudadano, y se la empodera, con el
mencionado proceso constituyente, entonces se pondrán las primeras piedras de
un nuevo sistema. ¡Pero hará falta mucho, mucho más! Para empezar, democratizar
el aparato estatal, las instituciones, los grandes medios de comunicación, comenzando
por las televisiones públicas, las cuales deben desempeñar un papel crucial
para combatir el pensamiento único, potenciando la prensa pública y abriéndola
a la participación ciudadana, regulando la prensa privada para evitar la
desinformación masiva, etc. El camino es muy largo y no podrá alcanzarse la
cima de la montaña sin pasar por diversos campamentos base.
Dicho sujeto político debe proveerse de una clara estrategia
política, a corto, medio y largo plazo.
Transformar el sistema es una
guerra declarada a los poderes establecidos y esto nunca hay que perderlo de vista,
se necesita una estrategia lo más calculada posible antes de acudir al campo de
batalla. Cualquier error se paga muy caro por mucho tiempo. Las dificultades
son enormes y hay siempre que advertir de ellas al pueblo y recordárselas
constantemente. Un gobierno transformador, entre otras muchas cosas, debe
incitar a su pueblo a ser cada vez más activo, a organizarse desde abajo, a
criticarlo todo (constructivamente, proponiendo soluciones), a movilizarse en
las calles,… La labor de
transformación radical de la sociedad es titánica y necesita de la colaboración
activa de la mayoría de las personas.
El principal síntoma de si vamos por
buen camino o no es la actitud de las masas: si éstas son cada vez menos
activas mal asunto. Un proceso de tal calibre no debe depender de unas pocas
personas. Inevitablemente, sobre todo al principio, unas pocas personas tendrán
más protagonismo del deseado (incluso por ellas mismas), pero ese protagonismo
debe disminuir cuanto antes, por el bien del proceso revolucionario. De esto
debe ser muy consciente desde el principio todo el mundo. Si los liderazgos no
disminuyen a suficiente velocidad la revolución peligra, puede traicionarse a
sí misma. La historia ha hablado con contundencia. ¡Escuchémosla!
Un gobierno revolucionario
tendrá mucho más trabajo que cualquier otro, y lo hará con más obstáculos.
Cualquier error, por pequeño que sea, puede ser mortal. Desde el principio debe
practicar la máxima transparencia y la máxima coherencia. Debe siempre estar
abierto (y promover) la crítica constructiva, sin la cual es imposible mejorar.
El camino de la revolución social es inexplorado y se cometerán inevitablemente
numerosos errores. Por si fuera poco, nuestros enemigos harán todo lo posible,
con todos los medios de que disponen, que son muchos, para que fracasemos
cuanto antes. Pero el principal error es no permitir la crítica, es cerrarle
las puertas. Deberemos practicar la autocrítica, debemos generar confianza en
la gente, con comportamientos ejemplares, hablarle al pueblo siempre con la
verdad por delante (pero teniendo en cuenta sus prejuicios), al mismo tiempo
que escuchándolo. Deberemos combatir a nuestros enemigos de igual a igual,
dándoles incluso a ellos la oportunidad, que a nosotros no nos han dado durante
mucho tiempo, de defender públicamente sus posturas. El pueblo debe ver que no
tenemos miedo al enfrentamiento, en igualdad de condiciones, con nuestros
enemigos. Deberemos recordarle también que nosotros, al contrario que nuestros
enemigos, no huimos del enfrentamiento ideológico porque buscamos la verdad,
queremos sinceramente encontrar soluciones a los problemas crónicos de la
sociedad humana. Quien busca la verdad necesita de la autocrítica y de la
crítica, no huye de ellas.
Vencer no es lo mismo que
convencer. Nosotros venceremos cuando
convenzamos mayoritariamente, cuando ya no seamos necesarios, cuando el pueblo
asuma su protagonismo.
Y no podremos convencer si nuestros enemigos no son
puestos en evidencia públicamente. Deberemos defendernos de los ataques, cada
vez más desesperados, que sufriremos. Con el Estado de Derecho (que será mucho
más democrático que el actual), con la movilización popular en las calles, con
el activismo social, asegurándonos la fidelidad del ejército al pueblo,… Pero
nunca deberemos caer en el error de suprimir o restringir libertades. Sólo la
democracia auténtica nos conducirá a una sociedad mejor. Cuanto más
desarrollemos el instrumento de transformación social, la infraestructura
revolucionaria, la democracia, más probabilidades tendremos de alcanzar tal
sociedad.
No podemos olvidarnos, en un
mundo tan globalizado como el actual, de que un gobierno transformador debe
luchar por la soberanía nacional,
además de por la popular, si es necesario rompiendo con aquellos organismos
internacionales, nada democráticos, dicho sea de paso, de los que se ha
provisto el capitalismo internacional para imponer sus políticas, para reducir
e incluso anular el margen de maniobra de cualquier gobierno que pretenda no
someterse a la dictadura internacional del Capital. La Revolución será internacional o no será, pues el capitalismo es
internacional. Pero no hay que esperar a que venga de otros lares, hay que actuar localmente y tejer redes de
solidaridad internacionales
con otros países que decidan, o ya hayan
decidido, iniciar el camino del cambio. Al mismo tiempo, hay que procurar
reducir las dependencias respecto de aquellos países que no han iniciado dicho
camino. O mejor aún, diversificar las dependencias del exterior, depender poco
de muchos en vez de mucho de pocos. Y al mismo tiempo recuperar en la economía nacional
aquellos sectores que han sido abandonados por no ser rentables para el Capital
internacional, en particular, potenciar la agricultura, acometer una reindustrialización,
promover las energías renovables, ecológicas, sin descuidar las nuevas
tecnologías. La independencia económica,
que no el aislacionismo, la cual se consigue con la recuperación de lo propio,
de aquello en lo que el país tiene recursos, potencial, y también con la
diversificación de las exportaciones e importaciones, es fundamental para no
perder la soberanía nacional o recuperarla.
Sin nunca perder de vista que
la soberanía nacional sirve de poco si no se ve acompañada de soberanía
popular, la primera es una condición necesaria para la segunda.
Lo peor que le puede ocurrir a una organización con un
programa transformador es alcanzar el poder político para hacer básicamente lo mismo
que hacían los viejos partidos prosistema, para gestionar el capitalismo o el
neoliberalismo. Así no se combate el pensamiento único, al contrario. Esto
atenta contra su seña de identidad y desmoraliza a la ciudadanía. Y la moral es
fundamental para luchar contra el sistema capitalista, como en cualquier
guerra. De poco le sirve a la gente votar para luego decirle que aquello que ha
decidido es imposible de llevar a cabo. Esto hace más daño a la democracia que
cualquier golpe de Estado tradicional. Así la democracia se vacía todavía más
de contenido. Es justo lo contrario que debe hacer un partido político
revolucionario, que busque el progreso. Dicho partido tiene como prioridad
absoluta hacerle ver al pueblo que hay alternativas y darle todo el poder
posible. Lógicamente, se necesitará tiempo para superar el actual sistema, pero,
desde el principio, la ciudadanía tiene
que ver cambios en las formas y en el fondo, en cómo se hace política y en qué
política (sobre todo económica) se hace
. Esos cambios pueden no ser muy
grandes al principio, pero deben producirse lo antes posible y deberán ser cada
vez más radicales. Lo principal es que la gente vea cuanto antes que es posible
el cambio para que éste sea cada vez mayor. Los pequeños cambios iniciales
podrán dar paso a cambios más radicales posteriormente. Si no se producen los
primeros las puertas seguirán cerradas para los segundos. Por si todo esto
fuera poco, no hay que olvidar que el electorado de un gobierno transformador
será mucho más exigente, dará rápidamente la espalda a cualquier organización
política que le traicione.
Una organización revolucionaria no se puede permitir el
lujo de cometer grandes errores, que vayan en contra de sus ideales más
esenciales, su razón de ser. Y la lucha contra el pensamiento único así como el
empoderamiento del pueblo a través del desarrollo de la democracia son dos
objetivos irrenunciables. Desde el primer día, el gobierno transformador debe
dar pasos claros y decisivos para cumplir dichos objetivos. No podrá vencerse
al capitalismo algún día si no se empieza a vencer desde el primer día al
pensamiento único, si no se empieza a superar su versión más radical, el
neoliberalismo. Lo esencial es que la gente vea en la práctica que hay
alternativas, por pequeñas que sean al principio. Los pequeños cambios
iniciales son al mismo tiempo un pequeño pero un gran paso para cambiar el
sistema. Pequeño porque “técnicamente” se necesita mucho más para superar el
capitalismo, porque la cima de la montaña aún está lejos, pero grande porque posibilita
un cambio de mentalidad en la gente, demostrarle que el mantra repetido hasta
la saciedad de que no hay alternativas no es cierto, grande porque significa
empezar a caminar en la dirección adecuada, invertir la tendencia de la
historia. Los cambios iniciales suponen, en definitiva, un paso
cuantitativamente pequeño pero cualitativamente grande. Los pequeños cambios
iniciales son condición necesaria pero no suficiente para el cambio sistémico. Cuando
se venza al pensamiento único entonces se habrá vencido al sistema capitalista,
o por lo menos esté tendrá los días contados. El principal enemigo del pueblo
es en verdad el propio pueblo. Debemos vencer la batalla en nuestras propias mentes
contra aquellos prejuicios que nos han metido en la cabeza quienes desean un
sistema donde haya explotadores y explotados.
Otro mundo es posible. De nosotros, fundamentalmente,
ciudadanos corrientes, depende. Pues si nos falla tal o cual líder, tal o cual
sujeto político, entonces deberemos proveernos de otro y aprender de los
errores cometidos. La revolución social
será colectiva o no será.
Habrá que luchar, luchar y luchar, persistir, persistir
y persistir (readaptando nuestra estrategia en función de los resultados
prácticos) para finalmente lograrlo. En esto sí que no tenemos alternativas. No
hay otro camino que la lucha constante contra un sistema absurdo e injusto que
condena a la humanidad a una existencia mucho peor de la que podría ser, que,
incluso, podemos afirmar rotundamente, pone en peligro de existencia a la
humanidad y su hábitat. La libertad se conquista, nunca es regalada. Civilización o barbarie. Democracia o
dictadura. Revolución o involución. Éste es el gran dilema al que nos
enfrentamos hoy en día.

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