El sistema alternativo

La democracia extinguirá al capitalismo.

Remitido: José López


El actual sistema capitalista
se pone cada vez más en evidencia a sí mismo. Democracia y capitalismo son realmente incompatibles. Cuanto más
nos informamos, cuanto más razonamos, cuanto más analizamos los
acontecimientos, más asentamos esta idea básica. El Dios Mercado empieza a ser
cuestionado por los humanos, quienes lo crearon y quienes sólo ellos pueden
erradicar. Las profundas e irresolubles contradicciones del capitalismo entran
en la escena de la historia recurrentemente. Los capitalistas ganan tiempo,
eludiendo el posible colapso, pero no pueden evitar que tarde o pronto, dichas
contradicciones reaparezcan, de una u otra forma. Ni siquiera cuando un
supuesto sistema alternativo fracasa puede el capitalismo afianzarse como el
fin de la historia. Hasta el momento, el principal enemigo del capitalismo es
el propio capitalismo. Pero éste, probablemente, no caerá por sí solo, y si lo
hace, tal vez, arrastre a la humanidad y su hábitat. No podemos arriesgarnos a
ello. Debemos derrocarlo cuanto antes.

En este sistema está casi todo
del revés. Las personas sirven a la economía, los mercados mandan, se rescata a
los banqueros en vez de a los desvalidos, la bolsa cae cuando se da voz al
pueblo, la justicia social no es rentable, cuidar el medioambiente es un
obstáculo para el necesario continuo crecimiento postulado por los apóstoles capitalistas
para eludir el verdadero problema, es decir, el reparto de la riqueza, quienes
más responsabilidad tienen son los que menos responden, la justicia protege a
los poderosos mientras se ceba con los débiles, se privatizan las ganancias
mientras se socializan las pérdidas, pagan menos impuestos quienes más dinero
tienen, etc., etc., etc. Poco a poco, las clases populares cuestionan el
sistema establecido, pues las necesidades materiales son las que en última
instancia mandan, tarde o pronto al ser humano no le queda más remedio que expulsar
de su mente las alucinaciones colectivas y someterse a la cruda realidad. El
problema es el capitalismo
, y no sólo el neoliberalismo.

El sistema alternativo

El sistema capitalista se
caracteriza primordialmente por una economía llamada de libre mercado en la
cual teóricamente cualquier persona puede emprender un negocio. El problema es
que en la práctica la igualdad de oportunidades no existe y la dinámica
capitalista hace que el mercado sea cada vez menos libre, acabe dominado por
los oligopolios. Las empresas, para sobrevivir en la dura competencia en la que
se basa este sistema, tienden a concentrarse. La economía es cada vez más
dominada por menos empresas, las cuales se hacen incluso más poderosas que los
Estados. En cualquier empresa, desde la más grande a la más pequeña, salvo
algunas excepciones, como las cooperativas, no existe la democracia. Las
principales decisiones que tienen que ver con la gestión de las empresas son
tomadas por unas pocas personas, el resto se limita a obedecer. Por si fuera
poco, la democracia política se vacía cada vez más de contenido, las grandes
decisiones se toman cada vez más de espaldas al pueblo, éste se limita a
depositar un cheque en blanco en las urnas cada x años. Y, lo más dramático, lo
más preocupante, el pueblo pocas veces sabe ejercer la poca responsabilidad que
se le otorga, vota normalmente en contra de sus intereses, se deja comer el
coco fácilmente, se acobarda, se empeña en que otros le saquen las castañas del
fuego, prefiere dejarse llevar. En verdad que el
problema es del pueblo
.

El capitalismo es la dictadura económica. Una
dictadura sofisticada, elaborada, con apariencias democráticas. La
dictadura casi perfecta
. La cumbre evolutiva del totalitarismo. No
por casualidad los dueños de las “máquinas” generadoras de la riqueza social
son quienes acaparan fundamentalmente ésta. Inevitablemente, la riqueza tiende
a concentrarse, las crecientes desigualdades sociales son una consecuencia
directa de las leyes que rigen la sociedad capitalista. Por consiguiente, la
lucha de clases es el motor de la historia. Mientras haya clases sociales, al
menos grandes contrastes entre ellas, habrá lucha social. Por supuesto, antes
del capitalismo ya existía la lucha de clases, pero la originalidad de este
sistema reside en las formas que adopta. El capitalismo se caracteriza por disfrazar
la explotación,
consigue que los esclavos casi no se percaten de que lo son, casi no sientan
las cadenas. Pero, por mucho que las élites capitalistas se esmeren en comer el
coco a las masas para aceptar sumisamente el orden establecido, tarde o pronto,
poco o mucho, bien o mal, las clases explotadas (al menos una parte de ellas)
reaccionan ante el permanente ataque que sufren cuando éste se intensifica. Los
capitalistas, adictos al dinero, insaciables, siempre tiran de la cuerda, nunca
se conforman con lo logrado, y tarde o pronto, y muy a su pesar, provocan la
reacción de los explotados, la cuerda puede romperse. Los ciudadanos corrientes
podemos durante cierto tiempo cerrar los ojos, pero la realidad nos desborda,
en cierto momento no nos queda más remedio que despertar. Nos abocan a la lucha
de clases por mucho que quienes la practican constantemente proclamen que es
algo del pasado.

Quienes luchamos contra este
absurdo, ilógico y alienante sistema debemos tener muy claro que la alternativa es la auténtica democracia.
Sólo cuando tengamos plena libertad para conocer en igualdad de condiciones
todo tipo de ideas, sólo cuando todas ellas puedan ser probadas en la práctica
(siempre que no atenten contra los más elementales derechos humanos), podremos
realmente experimentar suficientemente diversas formas de organizar la economía
para resolver los problemas crónicos (que con el capitalismo no sólo no desaparecen,
sino que tienden, a la larga, a pesar de ciertos altibajos, a agudizarse) que
padece nuestro mundo: el hambre, la pobreza, la violencia, las guerras, el
desastre medioambiental,… La clave para que nuestra especie avance
definitivamente hacia la verdadera civilización, para que la ley del más fuerte
dé paso a la igualdad en las relaciones sociales, sin la cual la libertad es
imposible en la vida en sociedad, para que el egoísmo dé paso a la solidaridad,
para que los derechos humanos no sean papel mojado, para que la historia avance
inexorablemente hacia adelante, sin posibilidad de volver a la Edad Media (por
muy tecnológica que sea),…, reside en la democracia real. Sólo cuando el
destino de la humanidad esté en manos de toda ella es cuando podremos
sobrevivir a nosotros mismos, es cuando espantaremos definitivamente el
fantasma de la autoextinción. Por supuesto, esto no podrá lograrse en dos días,
pero el inicio del camino hacia una sociedad más justa y libre, más segura, no
puede demorarse más. Realmente ya ha empezado. Aunque muy tímidamente aún. Esta
titánica labor nos incumbe a todos. Todos somos más o menos responsables, nadie
está libre de culpa. Debemos abrirnos de mente. Practicar el pensamiento
crítico. Cuestionar y contrastar, ser activos intelectualmente en primer lugar,
para serlo también en la práctica cotidiana.

La estrategia a emplear por la izquierda del siglo XXI
creo que es clara: atender a las necesidades más básicas de la mayoría social y
reivindicar más y mejor democracia, practicándola de camino. Prescindir de
etiquetas y centrarse sobre todo en las ideas, en los contenidos, concretar.
Teniendo en cuenta los prejuicios de la mayoría de los ciudadanos y dándoles a
éstos el mayor protagonismo posible, el cual deberá ir aumentando notablemente
en el tiempo. Esta estrategia es la que está posibilitando que se empiecen a abrir
las puertas del cambio en algunos países. Aunque, por supuesto, dichas puertas
pueden volver a cerrarse. El capitalismo tiene muchas contradicciones
insalvables, las cuales representan su talón de Aquiles. Necesita, por un lado,
evitar la auténtica democracia, pero, al mismo tiempo, aparentarla. Esta
contradicción debe ser explotada todo lo posible por las fuerzas populares en
la lucha política. En nombre de la democracia será posible superar la actual
falsa democracia en la que se basa la dictadura económica. En primer lugar,
pero no en último, forzando a la burguesía a cumplir en la práctica los
postulados teóricos de su supuesta democracia lograremos tarde o pronto
(siempre que sigamos avanzando en el camino, siempre que el desarrollo de la
democracia no se pare, incluso se acelere) que la “democracia” burguesa dé paso
a la DEMOCRACIA. No sólo habrá que conseguir una auténtica democracia política
sino que la democracia deberá llegar a todos los rincones de la sociedad,
especialmente a su centro de gravedad: la economía. Allá donde haya convivencia
humana deberá haber democracia.

Cuando la democracia se asiente en la política y en la
economía el capitalismo tendrá los días contados. Para ello, una de las
primeras labores de cualquier gobierno transformador deberá ser el posibilitar
la libre circulación de las ideas, acabar con la manipulación informativa
masiva. Con una prensa libre, plural, será posible desintoxicar por completo a
la gente de los prejuicios impregnados por las élites capitalistas, impulsar el
activismo masivo. La verdad sólo puede abrirse camino enfrentándola
abiertamente, en igualdad de condiciones, a la mentira. El pensamiento único se
extinguirá cuando las ideas puedan competir libremente entre ellas. Pero, para llegar
a esa desintoxicación mental masiva, antes, ahora mismo, cada uno de nosotros,
ciudadanos corrientes, debe poner su grano de arena. Incitemos a nuestro
alrededor a informarse mejor, a contrastar, a razonar. Sólo será posible
transformar el sistema si la gente vota masivamente a otras fuerzas políticas
alternativas y se moviliza constantemente en las calles. Pasemos la voz: otro
sistema es posible
, la
alternativa se llama democracia
. Sólo entre todos podremos. Con un pequeño
esfuerzo de cada uno de nosotros lo conseguiremos. No se trata de que unos
pocos se esfuercen mucho sino de que muchos se esfuercen un poco. La historia
la hacen los pueblos. Por activa o por pasiva.

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