Federalismo para los pueblos, no para los partidos

Debate sobre Federalismo con Miquel Iceta del Partit dels Socialistes de Catalunya (Pedro Sánchez rechazó la invitación que le cursaron los organizadores del acto, Federalistas de Izquierdas) y Alberto Garzón de Izquierda Unida.

Hemos insistido en Podemos en que el marco “derecha-izquierda” es un marco en el que abundan los partidos tradicionales porque tienen miedo a adentrarse en nuevas realidades. Los partidos son organizaciones estructuralmente cobardes: lo nuevo les puede hacer perder votos, mientras que lo de siempre les entrega un escenario previsible. Por eso no valen en los momentos de cambio, donde tiene que ser la sociedad quien tome la iniciativa. Por eso Podemos no se entiende a sí mismo solamente como un partido político.

Claro que entendemos qué significa ser de derechas o de izquierdas (sobre todo cuando alguien dice que no es ni de derechas ni de izquierdas), pero apenas llega a ser un “aire de familia”. El PSOE dice que es de izquierdas. Pero su Secretario General afirma un día una cosa que parece de izquierdas y otro día otra que parece de derechas (por ejemplo, sobre la reforma del artículo 135 de la Constitución). Su afirmación ideológica, al final, es mero humo.

El debate sobre el federalismo no se solventa dictando medidas legislativas. Eso es querer ocultar la verdad. España está mal enseñada y mal aprendida. Repartir competencias de manera diferente en el Estado se entenderá en Cataluña o en el País Vasco (y no todo el mundo) pero será más dificil de entender en otros lugares. Por eso los partidos políticos no van a tener el coraje de enfrentar el debate sobre el lugar que tienen que ocupar los pueblos de España en la reinvención de España (o en su ruptura). Es un hecho incontrovertible que hay naciones políticas en el estado español que reclaman un poder constituyente desgajado del poder constituyente unitario que construyó la Constitución de 1978. Como decía Sánchez León en la presentación de España, una nación singular, “existe España, pero está por ver que existan los españoles”. Y qué duda cabe, el PP es una fábrica de crear independentistas. ¿No va siendo hora de que asumamos que ya hemos ganado la mayoría de edad para dotarnos de una Constitución escrita, debatida y aprobada por toda la ciudadanía? Eentendamos que el derecho a decididir, no sobre las cuestiones territoriales sino sobre todo lo que nos afecta, es la garantía de que nadie quiera marcharse de este espacio de convivencia política, al tiempo que permitirá que la democracia en España merezca ese nombre.

Miquel Iceta (más lúcido que una parte de la burocracia del PSOE presente en el acto que se negaba a aceptar que los tiempos han cambiado) planteó en este debate medidas concretas que es imposible que se pongan en marcha si se hace desde arriba sin convocar a toda España a asumir corresponsablemente nuestra realidad territorial. Claro que hay que pensar y acordar hacia dónde vamos, pero no vamos a ir a ningún lado si no asumimos la mayoría de edad y nos encaminamos a un proceso constituyente. Nombrar en la Constitución a las naciones, nacionalidades y regiones que configuran España; dotar a algunas partes de asimetría competencial (algo que ya existe, de manera evidente en el País Vasco); entregar las cuestiones de lengua, cultura y educación a las comunidades; descentralizar la administración de justicia; establecer un cierre competencial que evite la negociación interesada en virtud de las necesidades de alcanzar mayorías; establecer con claridad un principio de solidaridad; construir una cámara territorial con capacidad legislativa; o llevar organismos del Estado a diferentes lugares de España, son todas medidas que merecen ser discutidas pero que sólo van a ser asumidas por la ciudadanía si se les hace partícipes de la decisión. Sin olvidar que es difícil que los españoles y españolas seamos ciudadanos si nadie nos ha preguntado nunca si queremos o no una dinastía en la jefatura del Estado y en caso de ser así, si queremos que esa dinastía sean los Borbones.

Al final del acto (desgraciadamente se corta en el vídeo) recordaba que Esperanza Aguirre (PP madrileño) dijo preferir que una empresa eléctrica fuera alemana antes que catalana; que devolver los papeles de Salamanca robados durante la guerra a sus legítimos propietarios se convirtió en un caso de “traición a la patria”; o que los Midas del fútbol siguen alimentando un odio entre ciudades con el único fin de aumentar su cuenta de resultados, aunque eso genere un desencuentro que no es fácil de solventar en la construcción política. Nunca vi tan cerca Madrid y Barcelona como en el 15M.

En el debate posterior, con Manuel Cruz, Rubio Llorente, Álvarez Junco y algunas otras personas, las cosas se clarificaron aún más: “¿quién es el sujeto político actualmente en España?” Yo contesté: La Troika, capaz de hacer cambiar la Constitución, cosa que no nos dejan hacer a nosotros. “Discutir de lo que queramos es muy sencillo y se puede hacer hasta en los bares”. Ya, pero el éxito del 9N (una movilización popular espectacular sin duda alguna, aunque sigue siendo cierto que dejó fuera a dos tercios) no se entiende sin el apoyo institucional de la Generalitat. Y además, no será tan sencillo cuando si quieres votar, aun en urnas de cartón, el gobierno central no te deja.  “Cambiar la Constitución es un proceso imposible porque las dificultades son muy grandes”, afirmó Rubio Llorente:  ¿Y un 25% de paro?¿Y uno de cada dos jóvenes desempleados?¿Y 365 desahucios diarios?¿Y el cierre de salas de urgencias? ¿Y 800.000 niños en la pobleza en los últimos cuatro años?¿Y 45.000 estudiantes universitarios que no han podido pagar la matrícula? “Hay que cambiar cosas pero no hace falta revisar el pasado? “Y el pacto del PSOE y el PP con los Pujol? ¿Y los artículos de la Constitución redactados por los militares? ¿Y el reparto entre los partidos de los jueces del CGPJ? ¿Y la oposición histórica del PSOE a reformar la ley electoral?¿Y el papel mojado en el que se ha convertido la parte social de la Constitución?

Hay un mundo que se está marchando, pero la vieja guardia no se entera. Si la Transición fue tan maravillosa ¿no sería el resultado evidente una ciudadanía con la madurez democrática suficiente como para dotarse de un nuevo texto constitucional que siente las bases de la nueva estabilidad? El reto abierto en Cataluña debiera alimentarnos en el resto del Estado para atrevernos a tomar las riendas de nuestro futuro político. Puede ser un momento excelente para que ese desafío se convierta en el desafío de todos nosotros. No por los intereses de los gobernantes, sino por las necesidades del pueblo.

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