La política es guerra

Remitido : 5 de octubre de 2015 / José López

  • Acerca de la
    derrota de Syriza.

No cabe duda de que la realidad es muy compleja y cualquier persona, por muy ilustrada e informada que
pudiera estar, sólo puede aspirar a acercarse a la verdad. Por supuesto, cuanto
más informado y formado esté uno más puede acercarse, siempre que se tenga
sobre todo la actitud adecuada, la suficiente humildad para nunca perder de
vista que se puede estar equivocado, siempre hay que estar abierto de mente.
Vivimos en un mundo cada vez más complejo donde lo que vale un día puede dejar
de hacerlo al día siguiente. Aunque ciertos cambios son más de formas que de
fondo, muchas verdades suelen permanecer por mucho tiempo. Yo pienso que el análisis marxista de la sociedad humana
es el más correcto hasta la fecha
. Por supuesto que no es perfecto, que
debe estar permanentemente actualizándose a una realidad que siempre es más o
menos cambiante, pero, para mí, sin dudas, en sus líneas generales, sigue
siendo válido.
La política es guerra

El marxismo es en verdad una
concepción del mundo, un modelo de la realidad que, como tal modelo, la
simplifica, pero, que como el modelo más correcto desarrollado hasta el
presente, la describe de una manera mucho más certera que sus teorías
contrincantes. Basta con leer al propio Marx, sin olvidarse de Engels, para
comprobar cómo muchas de las cosas que ambos dijeron allá por el fin del siglo
XIX se están cumpliendo en estos principios de siglo XXI. Basta con comparar la
teoría marxista con sus competidoras, sin prejuicios, con un espíritu
librepensador, para comprobar la superioridad de la primera sobre las segundas.
Y es que el marxismo es esencialmente el
método científico aplicado a la sociedad humana
. No por casualidad Marx y
Engels acuñaron el término “socialismo científico” por contraposición al
“socialismo utópico”. Quienes deseen
conocer la sociedad humana, quienes deseen transformarla, no pueden prescindir
del marxismo.
Si bien, como con cualquier teoría, no deben aceptarlo
acríticamente. Criticar constructivamente a Marx y a Engels es ser fiel a su
espíritu, a la causa de conocer la realidad para transformarla, para mejorarla
radicalmente, a la noble causa de un mundo mejor.

Uno de los grandes problemas de la izquierda, a nivel internacional, es
la falta de una teoría revolucionaria actualizada a los tiempos actuales, depurada
en base a las experiencias prácticas del pasado siglo XX.

Mientras la izquierda carezca de una guía de acción revolucionaria actualizada
actuará de manera errática y cometerá errores que harían sonreír a los viejos
revolucionarios clásicos. Tenemos en la actualidad una izquierda profundamente
dividida, despistada, acomodada y en parte vendida. Una parte de ella renunció
por completo al marxismo y se sometió al enemigo, la llamada socialdemocracia,
la cual se ha convertido simplemente en una de las más poderosas aliadas del
capitalismo para someter al proletariado en nombre del proletariado. Y otra
parte de ella sigue aferrándose a un marxismo intocable, estático,
contradiciendo así a sus padres. Pues cualquier teoría científica debe ser
siempre sometida al cuestionamiento teórico y sobre todo al dictamen de la
práctica, la jueza suprema de toda teoría. Mientras Marx replanteó su
concepción de la dictadura del proletariado en base a la breve experiencia de
la Comuna de París (que apenas duró un par de meses), muchos marxistas de
nuestros tiempos no se atreven a cuestionar en lo más mínimo dicho concepto
tras la experiencia de la URSS, que duró más de siete décadas. Ha habido
algunos intentos, pero francamente muy insuficientes. No cabe duda de que ante las
enormes figuras de Marx y Engels, quienes fueron unos de los más grandes
intelectuales que ha conocido la historia, mucha gente no se atreve a
cuestionarlos por miedo a hacer el ridículo. Pero, precisamente, esos
intelectuales llegaron a donde llegaron porque, entre otras cosas, se quitaron
de encima el miedo a hacer el ridículo, se atrevieron a cuestionar a algunos
grandes intelectuales que les precedieron. Gracias a esa actitud
librepensadora, libre de ciertos sentimientos que pudieran entorpecer el camino
de la Razón, libre de complejos, libre de ese excesivo ego que dificulta la
búsqueda de la Verdad, desde hace cierto tiempo sabemos (bastante antes incluso
de viajar al Espacio) que la Tierra es redonda y que es ella la que gira
alrededor del Sol y no al revés. No pretendo aquí analizar la cuestión de la
teoría revolucionaria, esto ya lo he intentado en diversos libros a los cuales
remito al lector interesado: Elmarxismo del siglo XXI, Loserrores de la izquierda y ¿Reformao Revolución? Democracia.
Y es que, en mi modesta
opinión, lo ocurrido en Grecia recientemente demuestra hasta qué punto es
cierto lo dicho en los párrafos anteriores. Una de las principales ideas del
marxismo es que el motor de la historia
es la lucha de clases
. Esta sencilla y trascendental idea sigue plenamente
vigente. Si la tenemos en cuenta podemos comprender mucho mejor lo acontecido
en nuestra sociedad humana en estos principios del siglo XXI. Obviamente, las
clases y la lucha entre ellas adoptan distintas formas, se complejizan con el
tiempo. Pero sólo podemos comprender la historia si recordamos siempre esa ley
esencial, si las formas no nos impiden ver el fondo de la cuestión. El problema
es que la lucha de clases la están ganando las clases capitalistas, las
oligarquías, porque ellas, a diferencia de las clases populares, tienen muy
claro que hay una guerra. Mientras las élites atacan al mismo tiempo diciendo
que no hay una guerra, las clases populares apenas se defienden. En toda guerra
gana siempre quien reúne ciertas condiciones: la primera, la básica, es ser
consciente de que hay una guerra. No por casualidad Marx y Engels dieron tanta
importancia a la conciencia de clase,
hablaron en su día de la falsa conciencia de clase. ¡Qué cierto sigue siendo
esto en nuestros días! ¡Cuántos trabajadores creen ser burgueses por el simple
hecho de llevar corbata o poseer algunos bienes materiales, normalmente al
precio de endeudarse cada vez más! Por supuesto, en toda guerra también cuentan
los medios de que se disponga, pero como cualquier general de cualquier
ejército sabe perfectamente, el factor psicológico es primordial, la motivación
mueve montañas, la moral de un ejército
puede ser decisiva
. En toda guerra, además de todo lo anterior, se
necesitan estrategias. Prever los
movimientos del enemigo, anticiparse a ellos, reaccionar a tiempo, tomar la
iniciativa, sorprender al contrincante, etc.
La guerra política puede adoptar diversas formas. No
tiene por qué implicar el uso de la fuerza física. De hecho, ésta es
perjudicial para la causa popular. El Estado capitalista, que detenta el
monopolio de la violencia, es el que necesita el uso de dicha fuerza. Con la violencia física el Estado
capitalista se siente cómodo.
No sólo porque él tiene todos los medios para
ganarla y justificarla (ejércitos, policías, leyes, medios de comunicación,…),
sino que también, y esto quizás sea más importante, porque así puede más
fácilmente combatir al enemigo ideológicamente, criminalizándolo,
demonizándolo ante la opinión pública. El Estado capitalista desea, además,
transmitir en última instancia un mensaje de miedo a la ciudadanía; ¡cuidado
con lo que hacéis porque nosotros tenemos la fuerza física! No por casualidad
en las manifestaciones populares pacíficas se infiltran policías que provocan
la violencia justo antes de los noticiarios televisivos. La guerra entre clases es sobre todo ideológica. Quien gane la
guerra ideológica tiene muchas posibilidades de ganar la guerra total. A quien
interesa la violencia física es a quien tiene muchas más opciones de ganarla:
la oligarquía capitalista. Pero incluso ésta es consciente de que en los
tiempos actuales no puede emplearla todo lo que desearía. En este siglo XXI los
golpes de Estado tradicionales ya no son tan necesarios, ahora se hacen con armas
financieras en vez de con los ejércitos, aunque, por supuesto, la burguesía
siempre se reservará el derecho de recurrir a los viejos métodos, si no le
quedase más remedio. Lo ocurrido en Grecia recientemente así lo demuestra. No
ha hecho falta sacar tanques a las calles, ha bastado con provocar un corralito
y amenazar con el caos financiero. Aun así, dependiendo de las circunstancias,
del lugar y el momento, los ejércitos, controlados por las élites, siempre
pueden actuar. Como se ha dicho tantas veces, la guerra (militar) es la
continuación de la política por otros medios. De hecho, nuestro actual mundo
está lleno de guerras, muchas de ellas fomentadas por las “pacíficas
democracias” occidentales.
El capitalismo se caracteriza,
entre otras cosas, por ser un sistema donde todo el mundo está en guerra con
todo el mundo: unas personas con otras, unas empresas con otras, unas clases
sociales con otras, unos países con otros, el ser humano con la naturaleza y
consigo mismo,… Sólo la lucha de clases, ganada por las clases populares, puede
acabar con este estado loco, absurdo y autodestructivo de guerra permanente.
Sólo superando el capitalismo lograremos un mundo mejor, más justo, más libre,
más pacífico, más seguro, más estable. Sólo así espantaremos definitivamente el
fantasma de la autodestrucción. Sólo así pasaremos del primitivismo a la
Civilización. La lucha contra el capitalismo no es sólo la lucha por un mundo
mejor, sino que incluso por su supervivencia. Este estado de guerra permanente
del capitalismo adopta diversas formas: guerras militares por el control de los
recursos naturales, competencia desbocada entre las empresas y las personas,
destrucción del medio ambiente, políticas de rescate bancario al mismo tiempo
que se ataca a los más desfavorecidos, socializando las pérdidas mientras se
privatizan las ganancias, recortes de derechos sociales, privatizaciones,
expolio,…
Que cada vez menos personas
acumulen cada vez más riqueza no es un hecho anecdótico, fortuito, casual,
circunstancial, es sobre todo una consecuencia directa de un sistema cuya dinámica
conduce a ello. No sólo eso, es resultado de unas políticas premeditadas para
favorecer a unas clases en detrimento de otras. No es una fatalidad del
destino. Es el resultado de la lucha de clases. De cuando ésta la ganan las
clases ricas. No es utópico pensar que es posible superar el capitalismo. Es
una necesidad vital de la humanidad. Lo que sí es utópico es pensar que es
posible un capitalismo de rostro humano. Lo que sí es utópico es pensar que un
sistema así, donde el egoísmo campa a sus anchas, de guerra permanente de todos
contra todos, pueda tener futuro. Si en determinados momentos de la historia el
capitalismo se humanizó algo fue por la amenaza del comunismo, porque la lucha
de clases la ganaron parcial y temporalmente las clases trabajadoras. Los
capitalistas no tuvieron más remedio que ceder algo para no perderlo todo. Pero,
como en toda guerra que no acaba, cuando el enemigo retoma la iniciativa,
cuando ve enfrente a un ejército desunido, desorientado, acomodado, entonces
recupera terreno. No es posible, mientras exista el capitalismo, que la inmensa
mayoría social pueda vivir dignamente, sin el peligro latente de perder los
derechos que tanto costaron lograr, tras largas luchas. Mientras los
capitalistas no sean vencidos definitivamente, es decir, mientras la
guerra no termine, aquellas conquistas sociales populares serán sólo parciales
y temporales, la involución hará, tarde o pronto, acto de presencia. El Estado
del bienestar tenía los días contados mientras existiese el capitalismo. El
verdadero problemaes el capitalismo, y no sólo el neoliberalismo. El Estado
capitalista no puede ser de bienestar. La opulencia de las minorías está en
contradicción con el bienestar de la mayoría. El verdadero reto es superar el
Estado capitalista, es sustituirlo por otro radicalmente distinto. La única
solución es la Revolución social, es decir, la reorganización de la sociedad
humana. La historia nos ha demostrado con contundencia que el capitalismo no
puede ser suavizado. Que aunque el monstruo se aplaque un poco, en cuanto
puede, vuelve a desmadrarse. Hay que acabar con el monstruo antes de que éste acabe
con todo. Sin perder de vista que ese monstruo tiene detrás ciertas personas
concretas, ciertas élites, que lo controlan, en mayor o menor medida, todo lo
posible. La alternativaal capitalismo es la democracia real. La humanidad, toda
ella, debe recuperar el control de sí misma.
En esta guerra de clases, las
“armas” del “ejército popular” son la organización, la unidad, la coherencia,
la claridad de ideas, la conciencia, la ejemplaridad, la democracia llevada
hasta sus últimas consecuencias,… A favor de las clases populares están la
Razón, la ética, la lógica, y sobre todo el número. La causa anticapitalista es
la causa de la inmensa mayoría social (aunque una parte importante de ella no
sea consciente todavía). La liberación del proletariado es la liberación de la
humanidad entera, como bien decían Marx y Engels. A favor de quienes luchamos
contra el capitalismo están también las profundas e irresolubles
contradicciones del capitalismo, que hacen acto de presencia recurrentemente,
de una u otra forma. Por ahora, el enemigo más peligroso para las clases
capitalistas es el propio capitalismo. El monstruo es cada vez más difícil de
controlar. Si el pueblo es capaz de organizarse desde abajo, de unirse,
entonces será imparable. La mayoría social vencerá a las minorías opulentas en
cuanto aquella sea capaz de liberarse del pensamiento único, de tomar el poder
político y económico, y ejercerlo.
Uno de los grandes errores de los dirigentes de Syriza ha sido el no
ser suficientemente conscientes de que estaban en una guerra
.
Incluso Tsipras y Varoufakis han reconocido públicamente haber sido ingenuos.
Creían que era posible hacer entrar en razón a la Troika. No se dieron cuenta,
o lo hicieron demasiado tarde, de que estaban en un campo de batalla, donde los
razonamientos académicos tienen poco que hacer. Si hubieran tenido muy claro desde
el principio (y mira que han tenido unos cuantos años para prepararse, pues
Syriza no nació de la noche a la mañana) que estaban en una guerra, lógicamente
se hubieran preparado para ella. En primer lugar, intentando prever los
movimientos del enemigo. No les hubiera pillado tan de sorpresa las armas
usadas por los tecnócratas capitalistas europeos para someter al gobierno
rebelde griego que pretendía cambiar Europa. Hubieran preparado algún plan B,
con suficiente tiempo, no a última hora, de manera casi desesperada. Tal vez hubieran
sido mucho más prudentes a la hora de diseñar su programa electoral, no
prometiendo lo que no se podía hacer aún, evitando así que se produjera cierta decepción
nacional e internacional, con las consecuencias que ello tiene para la moral
del “ejército popular”, la mayoría social. En un mundo tan globalizado como el
actual los errores en un país lo pagan los ciudadanos de muchos países. Es una
gran irresponsabilidad no ser consciente de ello. El objetivo de la Troika era
claramente someter al gobierno heleno, pero, de paso, y no menos importante, dar
un toque de atención a otros países que pudieran osar iniciar el camino de
Syriza, especialmente España y Francia. Se pretendía también pararle los pies a
PODEMOS. Todo esto lo ha reconocido públicamente Varoufakis, aunque cuando ya prácticamente
se produjo la derrota. ¿Qué hubiera ocurrido si esto se hubiera previsto y se
hubiera diseñado una estrategia con distintas alternativas?
Y es que, como ya dijeron en
su día los “viejos” Marx y Engels, mientras la lucha de clases protagonice la
historia humana, el Estado, y las instituciones internacionales podemos ahora
decir, serán clasistas, instrumentos de una clase para someter a otras, todo
gobierno tendrá como objetivo principal ganar la lucha de clases para la clase
que represente. Por esto decían los padres del marxismo que el Estado es una
dictadura de clase. Ellos denunciaron que la “democracia” liberal era en verdad
la dictadura camuflada de la burguesía. ¿No estamos comprobando esto con toda
su crudeza en este siglo XXI? Por esto postularon la necesidad de sustituir la
dictadura burguesa por una “dictadura del proletariado”. Pero ellos nunca
defendieron una dictadura de un partido único, de una vanguardia. Ellos nunca
han propugnado ningún totalitarismo, todo lo contrario, para ellos el Comunismo
es el Reino de la Libertad. Remito a los libros anteriormente mencionados. Basta
con acudir a las fuentes originales del marxismo para comprobar en primera
persona esto que afirmo. Pero ellos, como seres humanos que eran, imperfectos,
trabajando en unas condiciones muy hostiles (lógicamente, pues atentaban contra
los intereses de los poderosos, pues pretendían la liberación del proletariado,
de la humanidad entera), cometieron errores. A mi modo de ver, el más grave fue
el planteamiento de la dictadura del proletariado, sobre todo la manera de
plantearla, que no su necesidad, que no la necesidad de sustituir el Estado
burgués por uno favorable a la mayoría social. Dicha manera de plantearla dio
pie a peligrosas interpretaciones, las cuales posibilitaron aplicaciones
prácticas del marxismo que atentaban contra la esencia de éste, a pesar de
ciertos logros sociales. Marx pretendía escribir un libro sobre lo que él
entendía por “dictadura del proletariado”. Desgraciadamente, su muerte
prematura se lo impidió. No olvidemos que ni siquiera pudo terminar su magna
obra “El Capital”. Engels decía que el (todavía lejano) día que se erradiquen
las clases sociales el gobierno sobre las personas será sustituido por la
administración de las cosas y por la dirección de los procesos de producción.
Es decir, en la actualidad, la función de los gobiernos no es sólo gestionar
los asuntos comunes de la sociedad, sino que, además, sobre todo, mantener o
cambiar el orden establecido, favorecer a ciertas clases en detrimento de otras.
Y es que una gran parte de la
izquierda ha interiorizado el pensamiento proclamado por la burguesía (hipócritamente,
pues ella tiene muy claro que esto no es así) de que ya no hay lucha de clases,
hasta el punto de pensar que la política actual no es una guerra. De aquí
proviene el gran error de Syriza. Tenemos, repito, una izquierda que no tiene
guión, impregnada por sus cuatro costados de pensamiento burgués. Esto lo
explicaba también el marxismo. La clase dominante, la que ostenta el poder
económico y político, ejerce un dominio cultural, ideológico, del que nadie se
libra, ni siquiera quienes luchan contra ella. Incluso la izquierda radical,
anticapitalista, está contagiada de pensamiento burgués. Sin descartar, por
supuesto, como en toda guerra, la presencia de topos, de quintas columnas, que
harán todo lo posible para dividir a la izquierda desde dentro, para que emplee
estrategias abocadas al fracaso, para que permanezca en estado de confusión
permanente,…
Muchas personas de izquierda
cada vez se conforman con menos, incluso sólo aspiran a gestionar de otra
manera, no ya sólo el capitalismo, sino que su versión más radical, el
neoliberalismo. Se intenta justificar lo realizado por Tsipras diciendo que era
lo único que podía hacer. Pero yo me pregunto, ¿si alguien acude a una batalla bien
preparado y muy consciente de que va a la guerra no tendrá más opciones de
ganarla, no estará menos maniatado? Lógicamente, si alguien acude a una batalla
sin armas, sin siquiera ser consciente de que está en una guerra, y es hecho prisionero
entonces ya no puede hacer mucho, sólo rendirse incondicionalmente. Y esto es
lo que ha hecho fundamentalmente Syriza, y Tsipras en particular. Los
acontecimientos le desbordaron porque ni siquiera se los imaginó. No supo
preverlos por la enorme inconsciencia que padeció. Una tremenda ingenuidad que
incluso ha sorprendido a muchos ciudadanos corrientes, como quien escribe estas
líneas. Siempre que no supongamos que hubiese una intención premeditada de
traicionar al pueblo. Lo cual tampoco puede descartarse del todo, pero tampoco
demostrarse. El tiempo, como siempre, dirá.
El éxito de Syriza en las
urnas no debe ocultarnos lo esencial. Algunos izquierdistas se olvidan de que
lo importante no es que un partido que se declare de izquierdas acceda al poder
político sino que pueda hacer una política de izquierdas. Si no puede, entonces
eso es un éxito para el Capital, pues le sirve para afianzar su pensamiento
clasista dominante, el pensamiento único, la idea de que no hay alternativas,
de que sólo el capitalismo es el único sistema posible, incluso de que sólo un
tipo de capitalismo es viable: el neoliberalismo. Dicho sea de paso, como muy
bien dice David Harvey en su imprescindible libro Breve historia del
neoliberalismo
, que el neoliberalismo es primordialmente el contraataque de
las clases capitalistas contra las clases trabajadoras. Nunca debemos perder de
vista esa ley esencial de la historia humana de que la lucha de clases es su
motor.
También es cierto que en toda
guerra a veces es necesario una retirada a tiempo, perder una batalla para no
perder la guerra. Quienes justifican a Tsipras dicen que éste ha hecho una
retirada táctica para poder seguir intentándolo más adelante. Quizás sea así. Ojalá
sea así. Nadie puede saber con certeza si esto servirá de algo. Yo espero que
esta batalla perdida no tenga mayores consecuencias. El problema es que la
moral de la ciudadanía puede verse muy tocada con esta derrota. Tal vez esta
guerra de posiciones finalmente sea ganada en el futuro, a la espera de una
correlación de fuerzas internacional más favorable. El problema es que para que
esa coyuntura internacional sea más favorable se necesita que la izquierda real
gane en las urnas en varios países y sobre todo tenga cierto margen de maniobra
para empezar a cambiar las cosas, para aplicar un programatransformador. Es verdad que una retirada a tiempo puede ser
necesaria para no tener más bajas, para ganar la guerra más adelante. La
prudencia puede salvar un ejército, a veces hay que ganar tiempo para reorganizarse
y contraatacar. Pero también es cierto que las
oportunidades desaprovechadas en ciertos momentos críticos pueden ser decisivas
.
Las vacilaciones, la falta de coraje, de determinación, pueden ser mortales,
como sabe perfectamente cualquier oficial de cualquier ejército. No cabe duda de
que en una guerra se necesitan tomar decisiones trascendentales, muchas veces
con premura. Es muy difícil tomarlas. Para lo cual hay que estar muy preparado
y tener desde el principio, antes de acudir al campo de batalla, las ideas bien
claras.
Las ventanas de oportunidad
que deja el actual sistema capitalista son estrechas. Sólo tienen opción de
alcanzar el poder político fuerzas de la izquierda real cuando surgen las
crisis sistémicas. Se necesitan profundas y largas crisis para que se abra la
posibilidad de que a través de las urnas llegue al poder algún sujeto político
dispuesto a hacer otras políticas. Sólo cuando la gente sufre varios años de
crisis profunda, cuando los partidos prosistema han fracasado, los partidos más
radicales empiezan a ser considerados para gobernar. Grecia ha necesitado unos
cuantos años de grandes sufrimientos para que Syriza alcanzara el poder
político. A la gente le cuesta apostar por lo nuevo. Está impregnada de
pensamiento conservador, de que más vale lo malo conocido que lo bueno por
conocer. La burguesía se ha trabajado todo esto. Su dominio ideológico es tal
que se necesitan largas crisis para que, pasados unos cuantos años, pueda ser
amenazado su dominio. La hegemonía cultural es el gran logro de la burguesía. El
capitalismo internacional ha llegado a tal grado de sofisticación que su
dictadura se puede permitir incluso el lujo de ser ejercida por sus enemigos. No
ya sólo es muy difícil que accedan al poder político partidos que pongan en
peligro los intereses burgueses, sino que, si lo consiguen, es muy difícil que
puedan ejercer el poder con suficiente margen de maniobra. Ya no es tan
peligroso que alcance el poder político algún partido anticapitalista, o por lo
menos que esté en contra del neoliberalismo. Siempre es deseable que no lo
alcance, pero ahora el sistema capitalista internacional se ha dotado de
herramientas para protegerse cada vez más frente a esas situaciones. Los
organismos internacionales se encargan ahora de imponer las políticas
capitalistas hurtando la soberanía nacional de los países. La “Internacional
Capitalista” trabaja sin descanso para afianzar el poder de las élites. Y es
que enfrente no tiene enemigo. ¡Urge una Internacional Anticapitalista! Sin
perder de vista que existen recambios para que todo siga igual, o peor. El
fracaso de la izquierda puede abrir las puertas de nuevo al fascismo. Ya
existen claros síntomas en muchos países. La xenofobia se está convirtiendo en
una nueva plaga. También puede ocurrir que la derrota de Syriza en esta batalla
que acaba de ocurrir en los despachos de la Unión Europea se traduzca en una
derrota en España y en la desactivación de cierta rebeldía latente en otros
países. La moral es muy importante en un ejército. Y yo creo que la moral de la
ciudadanía internacional ha sido muy tocada con esta manera, como poco, tan
patosa de actuar de Syriza. ¡Ojalá yo esté equivocado!
En cualquier caso, lo que sí
creo que está claro es que no puede ganarse una guerra si no se sabe que se está
en una guerra, si no se prepara uno suficientemente, si no adopta estrategias
inteligentes y flexibles, si la moral de las tropas no se cuida. Yo espero que
Syriza, y Tsipras en particular, haya tomado buena nota de sus graves e
increíbles errores, no los vuelva a cometer, los compense todo lo posible. El
pueblo griego le ha dado una nueva oportunidad, esperemos que la aproveche esta
vez. Syriza deberá hacer un enorme esfuerzo para intentar amortiguar las
políticas neoliberales que aparentemente se ha visto obligada a aplicar. Veremos
si esto es posible. Pero, además, con más tranquilidad, debería plantearle a la
sociedad griega un debate profundo sobre las posibles alternativas, estudiando
incluso seriamente la posibilidad de abandonar el euro, sin miedo, sin
prejuicios. Tal vez, con más tiempo, se pueda preparar ahora una salida
ordenada del euro para recuperar la soberanía nacional. No se puede jugar todo
a una carta: la mejora de la correlación de fuerzas a nivel europeo. Además, lo
que haga Syriza en Grecia puede contribuir a dicha situación internacional, en
un sentido o en el opuesto, si no lo ha hecho ya. A la espera de esa mejora, el
gobierno de Syriza debe intentar buscar alternativas. En ninguna guerra debe
uno tener una sola hoja de ruta, y menos esperar a que otros le saquen las
castañas del fuego. Syriza deberá hacer un enorme esfuerzo para deshacer el mal
hecho, deberá prepararse esta vez mucho más para la siguiente batalla. El
tiempo nos dirá si este traspiés griego fue fatal o no para la causa
internacional por un mundo mejor. Mientras, en el resto de países, en España en
particular, debemos tomar nota de lo ocurrido allí. La Revolución social es un
proceso de aprendizaje colectivo. Es imperativo aprender de los errores propios
y ajenos.
Nunca debemos perder de vista
que la política actual es
fundamentalmente una guerra entre clases
. Si lo hacemos estamos abocados al
fracaso. No podemos ganar la guerra si
no sabemos que estamos en una guerra.
Podemos, es más, debemos adoptar un
discurso moderado, diferente al clásico de la izquierda revolucionaria, para no
espantar a las masas, para evitar que sus prejuicios entren en funcionamiento y
nos impidan ser escuchados. Pero nunca debemos perder de vista estas ideas
esenciales del marxismo. Debemos, por ahora, renunciar públicamente a hablar
del marxismo, si deseamos llegar a una ciudadanía intoxicada de pensamiento
burgués, pero no podemos prescindir de aquellas ideas que han demostrado, y
siguen demostrando, ser correctas. Si prescindimos de ellas no podremos
transformar la realidad, fracasaremos. Todo gobierno transformador debe saber
que no podrá aplicar su programa electoral, por muy moderado que sea al
principio, sin grandes obstáculos. Las
clases privilegiadas nunca se quedan de brazos cruzados.
Ni siquiera cuando
ejercen todo el poder. ¡Y menos aun cuando se ven amenazadas! Trabajan día a
día para asentar su dictadura, para afianzar el pensamiento único entre los
explotados.
La clave para ganar la guerra
de clases es convencer a la mayoría social de que hay alternativas. La prioridad número uno debe ser combatir
el pensamiento único. Con palabras y sobre todo con hechos.
Unos gramos de
práctica valen más que una tonelada de teoría.

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