Las taifas se rebelan

Una serie de notables barones socialistas socavan con sordas maquinaciones la posición y la difícil política del secretario general de su partido. ¿Qué pretenden? Con este oscuro juego la situación política ha cobrado un preocupante y grave perfil. Tengo la impresión de que con su apoyo indirecto, pero muy importante, al Partido Popular y a su mohíno y estéril líder persiguen tales barones que el Madrid del Sr. Rajoy decida, tras unas terceras y favorables elecciones, no estorbar su irrisorio poder en las taifas que hoy aún controlan, ya que han abandonado la postura de constituirse en una abierta y enérgica oposición de izquierda. Creo con razones suficientes, que tal jugada es la que mantiene esa extraña y sórdida campaña, cada día más nutrida de protagonistas, en el seno del PSOE. La deriva de los disidentes socialistas constituye una visible deriva en esa dirección. De no ser así ¿qué otra interpretación cabe de esa zaragata tan deplorable que producirá, creo además, la práctica consunción del PSOE como gran partido histórico?
Antonio Álvarez-Solís  / NAIZ
Las taifas se rebelan
Comprendo, si se hace una fiable autopsia del socialismo en general, que personajes como Felipe González, Alfonso Guerra, José Bono y otros muchos y significados ex dirigentes socialistas de Andalucía, Catalunya o Euskadi deseen una España tradicional como la que rige el Partido Popular, que siempre justificará su deserción ante una “fatigosa e inútil lucha”, ya imposible, por conseguir la justicia social aún dentro del tradicional transformismo socialista del Sistema. Esta “inutilidad desalentadora” empuja a personajes como los citados a encuadrarse en una modernidad eficaz, hecha de tecnicismos brillantes, que está liquidando imparable y “triunfalmente” una ideología izquierdista ya caduca para sustituirla por una ideología única.
Al parecer, los socialistas asomados ahora a las brillantes ventanas del edificio conservador, no han fallado a España sino que España y la historia les ha fallado a ellos. Es la hora de la elegancia financiera, a cuyo festín invitan a unos trabajadores que esperan el bienestar como premio a la sumisión y a su pregonada facultad para lograr un éxito personal si tienen el ingenio necesario. Mas la verdad sencilla y clara es que el socialismo de esos socialistas siempre constituyó no más que el primer y calculado movimiento para obtener el salvoconducto progresista concedido por unas masas que vieron en ellos, sobre todo en  España tras la muerte de Franco, una ancha puerta abierta para ingresar en otra sociedad más presentable ideológicamente, en que dejase de existir mecánicamente el menosprecio que conlleva para los trabajadores su pertenencia al último escalón social. Con ello los socialistas superaron el estrés de serlo. Con el pie talonando en un sueño de modernidad falsificado, pero perfectamente inducido, una parte sustancial de esas masas dejó de luchar por hacer del trabajo una fuente de dignidad personal, de protagonismo ético y apostó por la aparición en una triste foto de fin de curso en torno al poderoso. La revolución había sido clausurada por imposible. Esa parte débil de las masas se bautizó urgentemente con el agua socialdemocrática que prometía a sus seguidores el napoleónico bastón de mariscal ya depositado, al menos teóricamente, en su mochila política. Solamente necesitaban para conseguirlo adoptar la modernidad eficaz como dogma. Una modernidad que consiste básicamente en dos cosas: admitir que el trabajo es aleatorio y que los servicios sociales dependen de su creciente contribución fiscal y de los recortes indiscutibles. Y siguiendo esta estela doctrinal los trabajadores de los países desarrollados, en una alta proporción, se adhirieron mayoritariamente al nuevo orden y emprendieron la creadora marcha hacia la centralidad, en donde residen. al parecer, todas las posibilidades.
En todo este proceso de autoservidumbre el trabajador moderno, repito que en muchos casos y crecientemente, renegó de su condición obrera y se convirtió en palanca moral del neocapitalismo. Así lo demuestra su contribución verbal a las llamadas redes, que resultan a la postre verdaderas redes. El trabajador es ya “algo más”, aunque lo cierto es que no puede concretar en que consiste ese algo, salvo en dos manifestaciones: que el comunismo sigue siendo el peligro mortal y que el tercer mundo es la fábrica del terrorismo.
Pero volvamos a insistir en qué consiste la insidiosa y desazonada oposición de la mayoría de los barones del PSOE al Sr. Sánchez, que insiste en permanecer junto a la charca de los cocodrilos. Repito: yo creo que esos dirigentes están impulsados simplemente por una ambición irrisoria de poder presente o futuro que el Partido Popular les regala a  cambio de barrenar el casco de la nave socialista. Esos barones, que han operado en muchos casos con notable desidia en sus “reservas”, saben que para ellos siempre estará franca la ventanilla salvífica del Ministerio de Hacienda y abierto el abanico de los lucidos acuerdos y convenciones revestidos con la capa de una oposición leal. Al fin y al cabo se trata de acampar en la misma finca.
La mayoría de las autonomías “rojas” son, pues, fáciles de manejar. Subsisten merced al operante poder de Madrid. Sus dirigentes, que están simplemente ahí en la mayoría de los casos, no han ejercido ni un ápice de soberanía para resolver los problemas secularmente graves de sus territorios. Media España, al menos media España, subsiste en ámbitos en los que no ha penetrado ni un relumbre de modernidad, si exceptuamos obras con una determinada dimensión faraónica y sepulcral. En esas autonomías su PIB, su empleo, sus salarios y sus servicios se expresan con números muy preocupantes. Qué mejor, pues, que sus líderes socialdemócratas se ofrezcan subterráneamente al poder central a fin de conservar su consolador gobierno. En el fondo, e insisto en la tesis, la conservación de su búnker es lo que mueve a tales barones socialistas a moverle el suelo a su secretario general, que a veces enseña una pizca de su oreja modestamente socialista, con lo que encocora soberanamente a Madrid y, por extensión, a su central de Bruselas. El Sr. Sánchez ha repetido excesivamente para su seguridad política un enérgico “¡No!” al presidente en funciones del gobierno español, lo que hace peligrar de modo muy serio el chiringuito de esos barones que ahora han inventado, para justificar sus maniobras, el grito éticamente rimbombante de “¡España no puede seguir sin gobierno!” ¿Pero de qué gobierno hablan; del gobierno de los recortes y de la creciente debilitación de la nación española? ¿Del gobierno de la corrupción absoluta, pues alcanza lo político, lo económico y lo moral? ¿Es ese el gobierno que se ha prolongar para vestir el muñeco de lo institucional?
A juicio de cualquier mente razonable hacer política, y política eficaz, ha de consistir en derribar esos gobiernos al precio que sea, pues el Estado y la sociedad hieden insoportablemente. Un gobierno no lo es si alberga todas las corrupciones que hacen del ámbito cívico un foro en  dónde la vida resulta imposible, como es el caso del gobierno del Partido Popular ¿Y ese gobierno es el que promueven los barones rebeldes socialistas? Repito: hablen claro esos barones y declaren lo que transportan en sus bodegas. La ambición tiene muchos modos de manifestarse, algunas de ellas absolutamente detestables.

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