Masculinidad dañada

Estoy leyendo el libro de Jelke Boesten, Violencia sexual en la
guerra y en la paz, lo hago para una investigación en la que ando
sumergida y recojo las voces de mujeres afectadas por fuerzas del Estado
en el conflicto armado interno. El libro es extraordinario porque
expone cómo la violencia sexual contra las mujeres en la guerra en el
Perú revela la estructura de valores y roles de género en los periodos
de paz. Pero, también, es un libro difícil, en ciertos momentos
desgarrador. Los testimonios e historias que narra como apoyo del
análisis perturban, nos hacen mirar lo que no queremos ver por miedo,
vergüenza o tristeza de reconocer lo que fuimos y nos hicimos.
Masculinidad dañada
En eso estaba cuando llega la noticia de lo sucedido con la
adolescente en Ayacucho que falleció tras haber sido violada por seis
sujetos, incluidos menores de edad de 16 años que además grababan con su
celulares el hecho. La noticia impacta por la crueldad, ensañamiento y,
además, porque estamos frente a una violación grupal registrada y
celebrada por los agresores como una fiesta ¿Qué está pasando en el país
para que un delito tan grave como es una violación se convierta en una
diversión compartida por un grupo de hombres, algunos adolescentes aún?
Lo más trágico, como lo veía justamente en el libro que leía, es que
lo sucedido no es excepcional, todo lo contrario es una fatal
continuidad. La violencia sexual, y la violación en particular, fue una
forma de tortura sistemática perpetrada por las fuerzas del orden como
parte de su estrategia contrasubversiva durante las últimas dos décadas
del siglo XX. Según la Comisión de la Verdad y Reconciliación el 83% de
casos de violación sexual son imputables al Estado. El 75% de las
víctimas fueron mujeres quechua hablantes, la mayoría de Ayacucho,
Huancavelica y Apurímac. Sin embargo, no hay ningún militar o policía
preso por este delito. El Estado decidió, y hasta hoy decide, no
castigar a sus violadores de uniforme.
Muchas de estas agresiones fueron hechas en forma grupal. Como lo
menciona Boesten en su libro, la dinámica colectiva de estos actos
garantizaba la lealtad, la discreción y, en ello, fortalecía el vínculo
masculino de los soldados. Me pregunto, si estas características no son
compartidas por este grupo de hombres que mató a la adolescente
ayacuchana. Las estructuras de los roles de género que no han cambiado
desde esos tiempos me hacen pensar que sí.
La masculinidad en el Perú está dañada y está matando desde hace
mucho y ahora. Si no entendemos que este problema tiene que ver con la
cultura que todos los días producimos, donde refrendamos el mandato
social en el que lo masculino tiene que demostrar hasta el cansancio su
virilidad a costa de nuestra libertad sexual y hasta de nuestras vidas.
Si no entendemos que la impunidad, que se arrastra desde ese militar que
fue acusado de violador pero no fue sancionado, avala un sistema de
justicia misógino que nos condena a seguir siendo víctimas. Vamos a
seguir lamentando estas historias. La ciudadanía ya está actuando se
está movilizando y denunciando ¿El gobierno, cuándo?

Lucía Alvites / diariouno.pe

Deja un comentario