Mi orgullo no cabe en el Orgullo Gaypitalista

Soy gay, orgulloso, a cara descubierta, sin tabúes y consciente de la necesidad de seguir reivindicándonos, pero no me gusta en lo que se ha convertido la lucha de tantos y tantos años por la liberación sexual. No me gusta y me incomoda el World Pride y en lo que han derivado muchas marchas del Orgullo LGTB, básicamente porque no me gustan las exaltaciones de identidades individuales, desconectadas de la solidaridad y que, por si fuera poco, han anulado del paisaje a los viejos y viejas que dieron la cara cuando ser marica, bollera, bisexual o transexual aquí significaba ser expulsado de casa, recibir palos de la policía o pasar la noche con los huesos en comisaría. De esto que cuento hace sólo 40 años, un cuarto de hora en el reloj de la historia, aunque haya quienes crean que los derechos se los debemos a la estética de Mario Vaquerizo o de Las Nancys Rubias.

Donde haya una marca hay negocio y donde hay negocio, no hay derechos humanos, ni solidaridad, ni empoderamiento, ni diversidad. A las marcas les interesa normalizar la causa LGTBI porque normalizados somos inofensivos, carne de cañón para seguir perpetuando este sistema injusto que odia a los pobres y que se llama capitalismo y que nos señala como un nicho de mercado para que llenemos tiendas de ropa, bares, discotecas, compremos paquetes vacacionales con glamour y pongamos precio a los úteros de las mujeres para que podamos tener hijos rubios con ojos azules a la carta.

Orgullo sí, mucho, porque aún hay mucha gente que lo pasa mal, hombres y mujeres que ven imposible amar y follar en libertad, porque la esperanza de vida de las mujeres transexuales en América Latina es de 40 años, porque a lo los abuelos y abuelas LGTBI los están metiendo de nuevo en el armario en los geriátricos, porque aún hay hombres y mujeres que viven una doble vida y sufren en soledad amar clandestinamente. Orgullo sí, pero no un Orgullo patético, descafeinado, pensado sólo para homosexuales y transexuales ricos, en el que los hoteles y apartamentos turísticos se ponen las botas multiplicando un 100% -incluso más- los precios, en el que nuestros cuerpos son ‘objetualizados’ y reducidos para que queden bien en los escaparates de las grandes ciudades y como reclamo de las marcas comerciales.

Yo soy gay, pero lo que me discrimina todos los días no es sólo mi condición sexual, de hecho no es lo que más me discrimina, sino tener un trabajo precario, un sueldo de mierda y un alquiler por las nubes que me genera ansiedad, procesos depresivos, noches sin dormir por la incertidumbre y una sensación de frustración que a veces lleva aparejado procesos de diarrea, dolores estomacales, sudores fríos y apatía vital; me enferma la inestabilidad que fomentan las mismas marcas comerciales que patrocinan el Orgullo LGTB y las decisiones de muchas formaciones políticas que se pasean diciendo que son muy gayfriendlys, como el PP, cuando hace sólo 10 años sacaron a los obispos a las calles a insultarnos. O Albert Rivera y su Ciudadanos, que hace una década decían que mejor parejas de hecho, que la palabra matrimonio generaba mucha crispación, y que se salió del Parlamento de Cataluña para no condenar la dictadura franquista que a tantas personas LGTB asesinó, torturó, encarceló, humilló y obligó a exiliarse.

Yo no me paseo del lado de quienes han empobrecido a un tercio de la población española y nos tienen yendo al psicólogo para controlar la ansiedad que nos produce la precariedad, quienes toleran mi orientación sexual, y hasta la jalean, porque saben que les reporta ingresos pero me machacan por ser pobre. Yo voy a celebrar mi orgullo, pero no lo haré conjuntamente con quienes me empobrecen y se aprovechan de mi orientación sexual para darse una pátina de modernidad y progresista cuando mañana seguirán aplicando políticas para seguir empobreciéndome.

Voy a celebrar mi orgullo viendo la película PRIDE, una historia de solidaridad entre el colectivo LGTB y los mineros ingleses que lucharon juntos por el pan y también por las rosas que Margaret Thatcher, la madre del neoliberalismo, les quiso robar en los 80, esa ideología defendida por muchos gayfriendlys que cuando acabe la Marcha del Orgullo seguirán robándonos el pan y las rosas. Como gay, tengo la sensación de que el capitalismo nos está usando, al igual está usando a las mujeres y a las minorías raciales, para darle un barniz amable y de color a un sistema inhumano que sólo es inclusivo si tienes una tarjeta de crédito para pagarte los derechos. Y como llevo fatal sentirme usado por el capitalismo en su batalla contra los pobres, básicamente porque además de gay también soy pobre, no participaré de actos que, por no tener, ya no tienen ni lema político para aglutinar al máximo número de clientes posibles. Yo no me manifiesto del lado de quienes sólo te dejan ser gay, lesbiana, bisexual o transexual si tienes una buena tarjeta de crédito para pagarte los derechos. Por dignidad y memoria, me es imposible hacerlo.

*La palabra “gaypitalista” fue acuñada por el artivista Shanghai Lilly, desgraciadamente desaparecido.


Fuente : Raúl Solís / paralelo36andalucia

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: