¿Qué se esconde detrás del odio al PT? (II)

¿Qué se esconde detrás del odio al PT? (II)

Ya lo dijimos en este espacio y lo repetimos: el odio diseminado en
la sociedad y en los medios de comunicación social no es tanto odio al
PT, sino a aquello que el PT propició para las grandes mayorías
marginadas y empobrecidas de nuestro país: su inclusión social y la
recuperación de su dignidad.

No son pocos los beneficiados con los proyectos sociales que declaran:
«me siento orgulloso, no porque ahora puedo comer mejor y viajar en
avión, cosa que antes no podía hacer, sino porque ahora he recuperado mi
dignidad». Ese es el más alto valor político y moral que un gobierno
puede presentar: no solo garantizar la vida del pueblo, sino hacerle
sentirse digno, participante de la sociedad.

Ningún gobierno anterior en nuestra historia consiguió esta hazaña
memorable. No había condiciones para realizarla porque nunca hubo
interés en hacer de las masas explotadas de indígenas, esclavos y
colonos pobres, un pueblo consciente y actuante en la construcción de un
proyecto-Brasil. Lo importante era mantener la masa como masa, sin
posibilidad de salir de la condición de masa, pues así no podría
amenazar el poder de las clases dominantes, conservadoras y altamente
insensibles a los padecimientos del prójimo. Esas élites no aman a la
masa empobrecida, pero tienen pavor de un pueblo que piensa.

Para conocer esta anti-historia aconsejo a los políticos, a los
investigadores y a los lectores que lean el estudio más minucioso que
conozco: La política de conciliación: historia cruenta e incruenta, un largo capítulo de 88 páginas del clásico Conciliação e reforma no Brasil
de José Honório Rodrigues (1965 pp. 23-111). En él se narra cómo la
dominación de clase en Brasil, desde Mende de Sá hasta los tiempos
modernos, fue extremadamente violenta y sanguinaria, con muchos
fusilamientos y ahorcamientos y hasta guerras oficiales de exterminio
dirigidas contra tribus indígenas, como contra los botocudos en 1808.

También sería falso pensar que las víctimas tuvieron un comportamiento
conformista. Al contrario, reaccionaron también con violencia. Fue la
masa indígena y negra, mestiza y cabocla la que más luchó y fue
cruelmente reprimida, sin ninguna piedad cristiana. Nuestro suelo quedó
empapado de sangre.

Las minorías ricas y dominantes elaboraron una estrategia de
conciliación entre sí, por encima de la cabeza del pueblo y contra el
pueblo, para mantener la dominación. La estratagema fue siempre la
misma. Como escribió Marcel Burstztyn (O pais da alianças: as elites e o continuismo no Brasil, 1990): «el juego nunca cambió; apenas se barajaron de otra manera las cartas de la misma y única baraja».

Fue a partir de la política colonial, continuada hasta fecha reciente,
cuando se lanzaron las bases estructurales de la exclusión en Brasil,
como lo han reflejado grandes historiadores, especialmente Simon
Schwartzman con su Bases do autoritarismo brasileiro (1982) y Darcy Ribeiro con su grandioso O povo brasileiro (1995).

Existe, pues, con raíces profundas, un desprecio hacia el pueblo, nos
guste o no. Ese desprecio alcanza al nordestino, tenido por ignorante
(cuando a mi modo de ver es extremadamente inteligente, vean sus
escritores y artistas), a los afrodescendientes, a los pobres económicos
en general, a los moradores de favelas (comunidades), y a aquellos que
tienen otra opción sexual.

Pero gracias a las políticas sociales del PT irrumpió un cambio
profundo: los que no eran comenzaron a ser. Pudieron comprar sus casas,
su cochecito, entraron en los centros comerciales, viajaron en avión en
gran número, tuvieron acceso a bienes antes exclusivos de las élites
económicas.

Según el investigador Márcio Pochmann en su Atlas da Desigualdade social no Brasil:
el 45% de todo el ingreso y la riqueza nacionales se lo apropian
solamente 5 mil familias extensas. Estas son nuestras élites. Viven de
rentas y de la especulación financiera, por lo tanto, ganan dinero sin
trabajo. Poco o nada invierten en la producción para fomentar un
desarrollo necesario y sostenible.

Ven, temerosas, la ascensión de las clases populares y de su poder.
Estas invaden sus lugares exclusivos. En el fondo, comienza a haber una
pequeña democratización de los espacios.

Esas élites han formado actualmente un bloque histórico cuya base está
formada por los grandes medios de comunicación empresariales,
periódicos, canales de radio y de televisión, altamente censuradores del
pueblo, pues le ocultan hechos importantes, banqueros, empresarios
centrados en los beneficios, poco importa la destrucción de la
naturaleza, e ideólogos (no son intelectuales) especializados en
criticar todo lo que ven del gobierno del PT y en proporcionar
superficialidades intelectuales en defensa del statu quo.

Esta constelación anti-popular y hasta anti-Brasil suscita, nutre y
difunde odio al PT como expresión del odio contra aquellos que Jesús
llamó “mis hermanos y hermanas menores”.

Como teólogo me pregunto angustiado: en su gran mayoría esas élites son
de cristianos y de católicos. ¿Cómo combinan esta práctica perversa con
el mensaje de Jesús? ¿Qué es lo que enseñan las muchas universidades
católicas y los cientos de escuelas cristianas para permitir que surja
ese movimiento blasfemo, pues alcanza al propio Dios que es amor y
compasión y que tomó partido por los que gritan por vida y por justicia?

Pero entiendo, pues para ellas vale el dicho español: entre Dios y el dinero, lo segundo es lo primero. Infelizmente.

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: