¿Quién ganó las elecciones europeas? ¡Los bancos!

Pierre Charasse / La jornada

El panorama político europeo después de la elecciones parlamentarias del 25 de mayo muestra una gran fragmentación de las fuerzas políticas. Sin embargo, los europeístas, favorables al proceso de integración establecido por el Tratado de Lisboa, son mayoritarios, junto con los abstencionistas.

Como en todas los comicios europeos anteriores, los electores de cada país votaron más en función de consideraciones nacionales o locales que de una visión a futuro de lo que debería ser la Unión Europea. Una vez más esta gran consulta popular, a escala de todo un continente, no permitió clarificar la naturaleza del proyecto europeo y la indefinición sigue total entre las diferentes opciones: un gran Estado federal, un confederación de estados con poderes supranacionales o simplemente la yuxtaposición de estados nacionales soberanos. El sistema electoral no está concebido para que los votantes pudieran expresar con claridad lo que quieren.

Los pequeños países no desean perder su identidad frente a los grandes en un Estado federal, pero tampoco quieren salir de una construcción cada vez más compleja que, a pesar de todo, crisis económica, desempleo, austeridad, les da la esperanza de un futuro mejor a mediano o largo plazos. Se supone que el Parlamento Europeo, con nuevos poderes, introduce un mayor control ciudadano, pero no cambiará el rumbo liberal de un proyecto fuertemente anclado en el proceso de la globalización económica y financiera. Por tanto, no hay crisis política en la Unión Europea.
Los números hablan: los partidos europeístas (conservadores del PPE, socialdemócratas del PSE o liberales del ALDE) tienen una cómoda mayoría (469 de 751 diputados, más eventualmente 52 verdes). Estos partidos no proponen ningún cambio sustancial de las reglas de funcionamiento de la UE. Apoyan las políticas liberales que ponen como prioridad la estabilidad monetaria, la independencia del Banco Central Europeo, la reducción del gasto público, la privatización de los servicios públicos y las medidas de austeridad. Los otros partidos, minoritarios (230 diputados en total), tienen ahora la etiqueta de “euroescépticos” (izquierda radical), “antieuropeos” o “eurofóbicos” (extrema derecha).

A la vista de estos resultados, el Consejo Europeo (jefes de Estado y de gobierno de los 28 países miembros) reafirmó el 27 de mayo la continuidad de su política. No habrá ningún cambio. Toda la mecánica europea seguirá funcionando según las reglas establecidas en los tratados de Lisboa y de Estabilidad y Crecimiento, así como en el pacto presupuestario y todos los dispositivos que imponen a los estados políticas económicas, financieras y sociales diseñadas por la troika, o sea, la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional. La única respuesta del Consejo Europeo al voto popular del 25 de mayo es dar mayor prioridad al crecimiento, a la transición energética, a las nuevas tecnologías, a la protección de las fronteras contra la migración y aplicar la regla de la subsidiariedad en los asuntos menores sin salir, naturalmente, del esquema liberal.

Parece que la designación del futuro presidente de la comisión, presentada como el gran avance democrático del Tratado de Lisboa, dará lugar a arreglos políticos dentro de la alquimia europea: el Consejo Europeo decidirá por mayoría calificada el nombre del futuro presidente. En la lógica democrática y el espíritu del Tratado de Lisboa, éste debería pertenecer al grupo político más grande (en este caso el PPE, cuyo candidato es el ultraliberal Jean Claude Juncker) y ser ratificado por la mayoría en el Parlamento. El Consejo Europeo encargó a su presidente, el señor Herman Von Rompuy, hacer las consultas necesarias para llegar a un consenso entre los miembros del consejo y los grupos parlamentarios mayoritarios. Ciertamente, habrá tensiones. Puede surgir un candidato outsider (se menciona el nombre de Christine Lagarde, directora general del FMI), pero no hay duda de que el futuro presidente de la comisión será en la línea “políticamente correcta”.

En definitiva, la designación de un nuevo presidente de la Comisión Europea es un asunto menor. Lo más importante es que nada cambiará. Los gobiernos reiteraron su papel de ejecutores de las decisiones de las instituciones financieras, las cuales tienen el poder real. Éstas podrán decir que el voto conservador mayoritario de los europeos y el gran número de abstencionistas (“quien calla otorga”) les da legitimidad para continuar con la implementación de un proyecto presentado como el único posible, a pesar de las muchas manifestaciones populares callejeras.

El día siguiente de la elecciones europeas el euro subió respecto del dólar y las bolsas europeas abrieron al alza. Los bancos ganaron las elecciones.

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