Un saber profundo siempre en acción

Un saber profundo siempre en acción Es al menos a partir de la amplia circulación de los Grundrisse, en los años 60 del siglo pasado, cuando los lectores de Marx han comenzado a familiarizarse con el concepto de general intellect. Una asombrosa predicción del futuro que vemos en acción bajo nuestros ojos.

El capitalismo se apropia de los saberes producidos por la anónima intelectualidad de masa activa en la sociedad y los transforma en beneficios. Una forma inédita de explotación del “saber productivo” que renueva la acumulación ilimitada del capital. Una inmensa masa de trabajo gratuito que alimenta beneficios privados en aumento.

Creo que justamente esa consciencia adquirida nos permite hoy vislumbrar con una luz más plena la parte acaso más oculta de la historia humana: el particular saber y trabajo de las mujeres. Se trata de una ocultación milenaria. Bastaría con pensar en el trabajo campesino, que es tanto como decir en la actividad productiva más antigua y más prolongada de nuestra historia. En estas vicisitudes las mujeres han desempeñado un papel decisivo del que los historiadores no encuentran huellas, porque ningún documento la ha registrado nunca, si no es indirectamente.

Ellas, por ejemplo, seleccionaban todos los años las simientes de las plantas para reiniciar el ciclo agrícola y eran las primeras en verificar el resultado de la cosecha, porque para la división del trabajo dentro de la familia, eran luego ellas las asignadas a la cocina. Era su consejo, dado a los maridos o a los hijos cultivadores, el que orientaba la progresiva mejora de las plantas y del modo de cultivarlas. Y naturalmente esa actividad específica no las substraía de su oficio más antiguo: producir prole, criarla, llevarla a las condiciones de fuerza de trabajo. También es este un saber muy especial, refinado en el curso de los siglos.

El surgimiento del capitalismo hace emerger el trabajo oculto de las mujeres, con la plena explotación en la fábrica. Es una página histórica bien conocida. Pero es asimismo bien sabido que, de la Revolución Industrial del siglo XVIII hasta hoy, el trabajo de las mujeres, en la fábrica o en la oficina, no ha substituido nunca – salvo en parte y para las clases sociales altas – el antiguo trabajo doméstico, fundado en saberes vernáculos transmitidos de madre a hija. Un saber no codificado, que tiene raíces antropológicas profundas, a menudo no subrogable e insubstituible. Para esto, y ha de advertirse, se le ha confiado la reproducción de la fuerza de trabajo masculina además de la propia. Los hombres (y las mujeres) pueden presentarse todos los días en la fábrica o en la oficina porque este saber siempre en acción se ocupa de la retaguardia del trabajo productivo. Es, podríamos decir, el general intellect femenino sin el cual el capital no podría alimentar su insomne bulimia.

Criar a los hijos, cocinar, limpiar la casa, hacer las camas, hacer la colada, lavar los platos y otras actividades fragmentadas han seguido pesando sobre las figuras femeninas, añadiéndose al trabajo subordinado. Un doble trabajo (hoy atenuado en las parejas jóvenes) que constituye un gravamen específico de las mujeres en las sociedades capitalistas contemporáneas. Una carga agravada por el hecho, bien sabido, de que el trabajo doméstico se encuentra entre los más repetitivos y frustrantes de la vida social. Mientras tanto, a despecho de los dos trabajos desempeñados, resulta asombroso comprobar de qué manera la condición total de la familia obrera ha mejorado poco su estado allí donde el welfare no acude en su ayuda. A la “comercialización de la vida íntima” le corresponde un alargamiento del tiempo de trabajo familiar, pero no un incremento significativo del salario.

Dos autoras norteamericanas, cinco años antes de la reciente crisis, han podido escribir un texto revelador del modo en que el capitalismo norteamericano había absorbido todo el trabajo familiar, sin compensar con un sueldo adecuado. Elizabeth Warren y Amelia Tyagi, en The Two Income Trap (New York, 2003), la trampa de los dos sueldos, han mostrado de qué modo el trabajo de la mujer, sumado al del marido, estaba arrastrando – por la necesidad de la mujer de monetizar todas las labores antes desempeñadas por ella – la middle class a la bancarrota. Como en la Gran Bretaña del siglo XIX, descrita en El capital de Marx, el capitalismo fagocitaba a toda la familia en la máquina productiva y asía su vida entera.

Frente a estas consideraciones, se puede volver a reflexionar sobre las diferencias entre el movimiento feminista de los años 70-80 y el de las chicas de hoy comprometidas en el territorio universal del trabajo para adherirse al de género. Acaso se trataba entonces de un paso necesario, con el fin de descubrir más profundamente la especificidad femenina, pero no ha sabido ligar esta vertiente del cuerpo, más allá de lo antropológico, a la social, más fácilmente traducible en proyecto y político. Hoy el movimiento Nonunadimeno (Ni una menos), que se presenta también con una huelga, es decir, con voluntad de golpear al poder capitalista, aparece como vanguardia de otra posible historia.


Fuente: Piero Bevilacqua / sinpermiso

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